Antonio Requeni
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PALABRAS PRELIMINARES
Borges dijo que todo texto literario está hecho de íntimos fracasos y delicadas victorias. Este puñado de poemas no escapa, seguramente, a esa apreciación. Testimonio de mis empecinados tanteos, hallazgos y extravíos, he tratado de lograr en ellos la mayor transparencia expresiva, de crear una armonía entre el sentimiento -los gozos y las melancolías de la aventura humana- y un lenguaje trabajado con rigor estético. El lector juzgará si fueron más las victorias que los fracasos. DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Nació en Buenos Aires en 1930. Pasó los primeros años de su infancia en Valencia, España, y cursó después estudios en Buenos Aires. Libros publicados Poesía
Crónicas de viaje
Cuento para niños
Ensayo
Antologías compiladas por el autor
Premios y distinciones
Membresías Desde 1998 es Miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. Jurado Fue jurado en los Premios Konex 1994 Otras actividades Fue corresponsal cultural para la cadena latinoamericana de radio La "Voz de las Américas", de los Estados Unidos, y colaboró en diarios y revistas del país y del exterior. Realizó muchos viajes y entrevistó a destacadas personalidades internacionales de la literatura y el arte. Trabajó en la redacción de "La Prensa" durante casi tres décadas y es actualmente colaborador de "La Nación". |
Antonio Requeni |
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| Piedra libre |
El padre juega con sus criaturas. La cara vuelta contra la pared y el brazo levantado hasta los ojos, está contando como si llorara. Y mientras cuenta sus criaturas crecen, van por el mundo, suben escaleras, se enamoran o estudian geografía. Cuando termina de contar, el padre entra en los cuartos y revisa muebles. Apenas ve. ¿Quién apagó las luces? Su voz, que ha enronquecido, los invita a dejar de una vez sus escondites. Y los hijos regresan, jubilosos. ¡Cómo han crecido! Son casi tan altos como los sueños que en su juventud solían desvelarlo dulcemente. ¡A contar! ¡A contar! -exclama el padre. (Los grandes siempre vuelven a ser niños). Y los hijos se apoyan contra el muro, hunden su frente entre los brazos. Cuentan. Y mientras cuentan -once, doce, trece... - el padre se va haciendo pequeñito. Cuando terminan de contar lo buscan. Lo buscan pero el padre no aparece. Se ha escondido debajo de la tierra. |
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| Los intrusos |
Otros recorren tus habitaciones. Voces nuevas dispersan las cenizas de lo que ya no existe: el íntimo jardín, la áspera higuera, en el cristal los flecos de la lluvia. Julio Verne y Salgari se habrán ido del viejo altillo de los trastos y el reloj familiar dará las horas quién sabe hasta qué mundos ateridos de escándalos y muertes. Eras espacio y tiempo. Eras la casa. Los muebles, los retratos, los espejos, y una canción que aún sigue perfumando los latidos nocturnos de mi sangre. Otros vienen y van por tus baldosas; otros pies, otras manos, otros ojos donde los míos siguen habitándote. Fuiste a la casa de mi infancia. No serás nunca de ellos, los intrusos. No aflojarán tus patios sino el eco de mi rencor y mi melancolía. |
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| Pensar, sentir, nombrar |
Soy lo que fui y acaso nunca sea más que el junco pensante que ahora soy. No sé dónde estaré. Estuve. Estoy. Pero mi ser y estar son una idea. Sí, pienso, luego soy, y además siento que me arrastra como una melancolía el río del ayer y el todavía; un río que es temblor y sentimiento. La realidad, el tiempo, la premiosa voluntad de vivir de cada cosa están en mí y existen si las digo. Pensar, sentir, nombrar. Tal es mi suerte. Pero también me pensará la muerte y todo, todo, acabará conmigo. |
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| Geriátrico |
Todo está en orden: las paredes asépticas, el puntual almanaque, los exactos latidos del reloj. Una mujer de blanco les sonríe mientras ellos deambulan entre escarchadas toses y jadeos o miran desfilar mundos extraños en la pantalla del televisor. Uno hace un solitario con los naipes. Otro, con un pañuelo, frota el vidrio de sus anteojos, lento, ensimismado. Alguno se dirige hacia la habitación en donde, a oscuras, da de comer a sus recuerdos. Toman el té a las cuatro. La cena a las siete. A las ocho se acuestan. Ella siempre está allí, los acompaña. A veces les da un beso, una caricia helada, maternal, y ellos se quedan quietos, dormidos como niños. |
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| Oscuro fuego |
¿Quién necesita que yo escriba? Sin embargo es hermoso vivir por la belleza, aproximarse al fuego oscuro en el que arde la fiesta y el misterio de la vida. Aunque a nadie le importe. Brilla en la noche el verso bello y desamparado como un cuerpo desnudo. |
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| Roberto Santoro, poeta |
La luz, medrosa, se repliega y las lágrimas ruedan por los pómulos de la impotencia y la respiración. Sólo eres un nombre en una lista. Pero yo creo en la venganza del poema. No haya paz en la tumba del verdugo |
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| Sala de espera |
Nuestro cuerpo es una sala de espera donde la muerte se entretiene leyendo una revista. Sentada, hojea nuestra alma (grabados con leyendas neblinosas y excesivas erratas en el texto). Extrae luego un lápiz y descifra las palabras cruzadas. Doble ahora ya las últimas páginas. Bosteza. Cruza las piernas. Fuma un cigarrillo. Hasta que suena el timbre y se levanta. |
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| Kadish por un zapato roto |
Entre los testimonios del Museo del Holocausto, en Jerusalén, puede verse un pequeño zapato -recogido en un campo de concentración- que debió pertenecer a un niño de 6 ó 7 años. Desde este lado te contemplo. En tu inocencia, pequeñito náufrago, el horror y la muerte me hacen señas. ¿Quién te calzó? ¿Dónde tu hermano roto? Todavía en las grietas de tu cuero las costras del escarnio, las partículas del humo y el hollín del crematorio. Fuiste un niño, dabas leves pasos por la vida quizás hayas pisado la blandura del césped en los parques, la rayuela que lleva al Paraíso. Hasta que un día sostuviste el temblor de unas piernas esmirriadas, las de aquel niño frente al ojo oscuro de un arma y el aullido del soldado. Luego el vagón, el hambre, los hedores, las ropas con el número y la estrella, la servidumbre menos oprobiosa que la desamparada soledad con los piojos por únicos parientes. Ahora estás allí, breve memoria de una atroz pesadilla. Te contemplo lejos del tiempo y de las lágrimas, en tu inocencia, náufrago. Y quisiera ponerte de rodillas y pedirte perdón por estar vivo, porque en unos instantes saldré al mundo del sol y de los árboles, y acaso encuentre a un niño en mi camino, un niño rubio y sonriente, con los zapatos nuevos. |
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| Yo fui poeta |
I was a poet, I was young James Elroy Flecker Yo fui poeta, yo fui joven. En mi pecho, hoy vacío, resonaron los latidos del cosmos, la alegría de vivir o morir por las palabras. Recuerdo que una noche, de rodillas, vi brotar de la tierra un manantial y oí, extasiado, su secreta música. El agua es forma de eternidad y levantarla es detener el tiempo. Otra vez ante mí se abrió la ofrenda de un cuerpo tembloroso. Susurraba dulcemente mi nombre. Era verano. Y amé con el amor de los amantes. Aromas de azahar. Lentos ocasos. Certeza de vivir en el prodigio. Las palabras crecían, asombradas, en un jardín borrado por las lluvias. En mi pecho, hoy vacío, se alojaron vida, milagro amor, eternidad. Yo era poeta, yo era joven. |
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| Islas Eolias |
Vengo del mar color de vino. En Taormina vi el mágico espectáculo del sol entre las rocas y a Afrodita jugando con la espuma iridiscente. Los dioses me ayudaron a escapar ileso de las fauces de Caribdis y Scila. Ahora voy por la maraña de las calles de Lípari -Giove, Giunone, vícolo di Venere- Eolo es ese marinero que me mira, impasible, tras el humo de su pipa que borra el horizonte. Los viejos pescadores no conocen mi historia de viajero apasionado por la belleza y la nostalgia, ignoran mis azarosas aventuras de hoteles y taxímetros en el país de los feacios. El tiempo y la memoria me persiguen y siento una lejana voz recóndita, una luz que me atrae hacia su origen. Pero debo volver a mi ciudad. Mi nombre aquí siempre sería Nadie. Mi esposa está esperándome y en tanto corrige, infatigable, las carpetas de sus alumnos. Allá están mis hijos con sus cassettes y su computadora. Debo volver a lo que es mío antes que el don del sueño se aproxime con afelpado paso o me seduzcan con su engañoso canto las Sirenas. Mi nave me conduce por el mapa de un intrincado laberinto donde al final recobraré mi rostro. Buenos Aires no es Itaca. Pero yo soy Ulises. |
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| Las palabras |
Nunca sabré decirte que te quiero, un amor sin palabras es el mío. González Carbalho La música no miente. Los árboles no mienten. Los ojos tristes del animal no mienten. Únicamente mienten las palabras. ¿Cómo decirte la verdad con ellas? Quisiera hablarte con los ojos del perro, dar frutos como el árbol, llegar a ti con la delicia y la escondida lágrima de Mozart. El esplendor de la verdad: belleza a la que mis palabras, torpemente, procuran acercarse. Es imposible. Nunca sabré decirte que te quiero. |
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| Milan Kundera |
Milan Kundera dice que la poesía ha muerto. Debe tener razón porque ya nadie (salvo algunos poetas) acostumbra a temblar con las palabras en un libro de versos. Si me lo hubieran avisado -aunque yo soy su deudo más humilde- habría concurrido a las exequias y dejado una flor sobre su tumba. Ahora estoy triste. Pienso en cuántas veces ella me hizo feliz. Y ya no está. ¿pero qué hacer si las palabras vienen por el aire y se trepan a mis piernas? ¿Si las palabras vuelan, temblorosas, bellas, sensuales, perentorias, mágicas, y me reclaman una forma antigua o un esplendor herido de futuro? Tendré que consultarlo con los pájaros. |
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| El vaso de agua |
Cuando me acuesto, desde que era niño, pongo a mi lado un vaso de agua. Al apagar la luz, si lo contemplo brillar en la penumbra, me imagino que el agua es otro nombre de mi madre y estoy seguro de que, ya dormido, alumbrará el acuario de mis sueños. Sombra, misterio, música nocturna que bebo a los lentos sorbos o me bebe. ¿Eres tú quien me sueña en ese extraño país donde algún día nos veremos? ¿Dormir es un ensayo de la muerte? Por las mañana, cuando me recuerdo, muchas veces el vaso está vacío. Y vuelvo, desganado, a la rutina de calles y de rostros, mientras llega la oscuridad, el rito silencioso de llenar nuevamente el vaso de agua para ponerlo al lado de mis sueños y saber que allí estás, que me proteges, que hay algo puro en medio de la noche. |