Jorge Ariel Madrazo
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| PALABRAS PRELIMINARES
Qué siento ante la poesía Siento la poesía -y la misma experiencia poética en la que se sustenta- como un elemento orgánico: un cuerpo vivo que respira, transpira, nace de sus propias entrañas, jadea. Esto es: no una mera representación o "adorno" de una realidad preexistente, sino otra realidad viva que se une a aquella. Lo que el poema dice, no existía en parte alguna antes de ese poema concreto. Como señaló el poeta Wallace Stevens: "el poema no piensa en el antes del poema, sino en el durante y el después del poema". Poema, acaso, como intuición de una verdad íntima; dotado de la gracia de la necesidad. Y así lo siento- como una vía que ayude a abrirse a todo lo No-Yo, a la otredad, a nuevos y fecundos D desconocimientos; para superar, así sea en un segundo epifánico, la falsa retórica de los decires y nombres abstractos, convencionales, epidérmicos. Si "toda lengua es fascista", según Roland Barthes, pues oprime y condiciona tanto el sentir como la significación, el poema acaso sea en su maravillosa ambigüedad- el balbuceo de lo indecible, el atisbo de una soñada lengua en libertad. DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Libros publicados
Narrativa
Ensayos
Premios y distinciones Para amar a una deidad obtuvo el Premio Fundación Inca 1995. Traducciones Ha traducido a autores ingleses y norteamericanos -entre ellos, inéditos de Allen Ginsberg, para el Centro Editor de América Latina-, y realizado versiones de poetas de la ex Yugoslavia. Organizó y condujo los ciclos "Poetas y Narradores" (1986 a 1995). Poemas suyos han sido vertidos al inglés, italiano y serbio-croata. Colaboraciones Colabora en publicaciones del país y de Brasil, Colombia, Cuba, los Estados Unidos, España, México y Venezuela. Fue invitado fuera del país a los encuentros de poesía de Struga y Bieljo Polje (ex Yugoslavia), de Medellín y Bogotá (Colombia, 1993 y 1995), al Seminario Internacional Ideamérica'95 (La Habana), al Congreso "The Powers of Poetry" (Universidad de Eugene, Oregon, octubre de 1996) y a la VI Feria Internacional de Poesía de Bento Gonçalves (Rio Grande do Sul. Brasil) en octubre de 1998. |
Jorge Ariel Madrazo |
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¿Si esto que usted bautiza vida fuera apenas confusión indiscernible de fragmentos partículas secretas? ¿Y su vertiginoso, anónimo rotar no suscite jamás la sinfonía de las esferas? Vea usted un ejemplo -o maqueta pascaliana-: he aquí diez manzanas, dos lápices, quizás. De pronto, y con no prevista brusquedad, por azar, o en razón del fuerte sol, desbordan el planeta mosquitas no identificadas, gusanos triscando la verde, amarga hoja (dulce, empero, a la maltrecha ánima). Y al lado de gusanos y de la verde hoja y lápices sin punta -o están las puntas mochas: preciso sería recrearlas, como a una sensación en incomún relieve- con celo y extrema reticencia vuelan una estela de abejas, damas que fornican con sus dálmatas, policías febriles por bien delinquir. Cómo esperar, entonces, destelle el farol del otoño o intuya la luciérnaga el ritual pues hay esos estrépitos, voces, un billón de diálogos banales sin orden ni concierto (o así parece, a causa del corto entendimiento). Bullen, regurgitan en la noche. Usted, que esto oye -o imagina- enloquece sin más. Añada la constelación de Orión, el hombre en la vereda, parejas rompiendo entre aullidos (mas no quiero mentir: puede ella ofrendar en son de paz un dragón, un haz de gladiolos). Mientras: agítase una hoja llueve una gota llora un gato se pudre la mosca en el vaso Jamás acepte el aleph lo anónimo y plural sin discernimiento. Este instante (que ya pasó) es lo único que abriga eternidad: esta hoja, esta foto esta muchacha o luna llena tajeada por el viento sólo lo singular respira eternidad Ya no más el múltiplo mediocre: una cosa por vez, irreductible, para sentir al fin el mar. a Julio Llinás |
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Si en la sucesión de las fotos si en lo trivial -y confuso- te guiña cierto indicio y tu dedo inquisidor se detiene igual que en un film cuando habráse ido o dormido en su silla el operador, y a la vista del fotograma inmóvil, con regocijo al comienzo, con ira más luego -el operador se ha ido o dormido- a patalear el público comience pues se haya ido o dormido aquel operador, así, al caer las hojas del pesado álbum por años olvidado en la gaveta abierto el cofre del recuerdo (magma de imágenes manchadas): esa muchacha cuyos ojos tiemblan. Moverás en el aire del verano la foto, indagarás su nombre de mujer hoy sepultado a cuatro palmos bajo el suelo. Puede la muchacha lucir un flequillo, corre ella por el prado y siéntase a mirarte; el café revuelve humeante. Al reir: la punta de la lengua. Los ojos, espiando al sesgo, dejan ver el borde de dorada pupila Ojos de ella para ser mirados, los miras sabiendo que hay aquí un feroz malentendido (pudiste haberla amado, tomar su mano a la luz del atardecer) Va ella y viene sobre su bicicleta: ágil rodilla, falda voladora. y mirar juntos el álbum de tapas de cartón pesadas como el tiempo. Mirar el mirar de la muchacha, frágil como el tiempo Mirar a ella que viene y va sobre la muerta bicicleta. Mirar el tiempo: su aguja de oscuro destejer. (a Luis Tedesco) |
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Si esta botella -o imagen de botella- que una mano prensil pareciera elevar ignora su esencia botella, desconoce su destino (el vino, cierto es, no bebe vino) en antípoda rincón de la foto otras manos reiteran el ritual: alzan copas, brindis, café. Añada usted a tal escena chambergos roaring twenties, cigarrillo pendiente de dos dedos, inversos otros dedos ciñen el talle de cimbreante hembra: ¿adónde hoy su sonrisa, collar aguamarino, terciopelo moldeando la cadera y el varón que la ojea, seda al cuello? ¿Mercedes Simone tal vez? ¿Alberto Gómez será quien ríe con bufanda? Ha de hacer frío en esta foto, vean: varonil chaleco zorros sobre turgentes formas. ¿Un viejo fuma en pipa o es por pipa fumado? Sonríen ellos a la foto, al clic de absurdo ayer que obstinado- querés tornar presente (oscurecidas, ya, las luces todas). Entre sillas de Viena y espejos art-decó, alegres de estar vivas sonríen a la foto las burdas calaveras. (a la pintora Stella Vergara) |
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Si se abalanzan todos con chambergos -cintas negras, anchas copas, bombín- mientras sus nervios, calando la gorra, trémulo aquel vigilante apacigua (gesto harto inútil ante tragedia tal como ésta que enluta a chicos y a grandes) torpe, trivial escena en que la parca de pronto de un cantante se enamora y lo abate sin darle ni preaviso y el campo entero es cardumen de sábanas debajo de las cuales yacen mueren mujeres y hombres secamente anónimos. Y esto torne a ocurrir cada junio (y un petimetre mirando a la cámara). Mas, si usted vuelve atrás la manivela la serranía límpiase de sangre, dejan de arrojar fuego los aviones y están a tiempo los protagonistas de eludir la artimaña del destino obviando así que radios y periódicos proclamen con adolorido énfasis lo que nadie ha aceptado todavía: Murió Carlos Gardel en Medellín. |
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Si miras a tu alrededor el banal ajetreo de luces y de sombras de ángulos y tangentes que se funden en una turbia vibración sin sentido -o quizás el sentido, al fin, se refugie en el hervor de los minúsculos cuerpos que nutren tales formas- si el discurrir del cosmos al común entender desafíe cuando tu hija (a su vez, madre de hijos) exhume de algún mohoso archivo tu imagen, e interrogue: "¿por qué tuviste que morir?" si se indignen parientes y amigos porque los señales con el dedo o pretendas dictarles instrucciones aun después de hundirte bajo tierra aun después de arder como una tea, obstinado en regir tu propia muerte, rebelde al más básico urbanismo insoportable hasta en el ataúd |
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Si a ésto llamas "ruidos de la noche" significa que la noche ánfora es, desfondando aguada de ruidos, lecho pequeño es para el fornicio de los ruidos Si no te aterran ruidos de la noche: no estás vivo o, quizás, sólo seas inocuo pretencioso ser, sin -aún- estar (a Juan García Gayo) |
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Una habitación, sus balcones penden sobre la nada, sus ropas roen el viento, soplan ese aliento de decrepitud. Obstinado candil titila allí su determinación de claridad y, sin embargo, diluvia el austral invierno sobre infinitos seres sin techo: atraviesan ellos el sol de las seis; las vías muertas, las vidas corrompidas atraviesan en un hongo o frustración infinitos Y al fin, comprobarás: nada es claro, nada es leal o recto en este puzzle de rumbos entrecruzados La opacidad es el semen natural del ser inteligente y vertebrado (provisto de lenguaje). Por ello, te atrevés a rogar: balcones que dan a la nada, ropas roídas por un viento expulsador del ángel de la historia, tráigannos algo donde asirnos, una piedra de azufre donde asirnos, una copa de llanto donde asirnos |
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Y en la radiografía: tus pulmones: poliedros, florescencias, lechosas sombras esparcidas como gránulos, como cereal, como café en insaciada molición. Al irrumpir Aire en lo oscuro, descálzanse tus alveólos como quien entra en una mezquita: tu mezquina cárcel corporal. Y, tan blanco en lo oscuro, el eclipsado ónix -por así decirlo- el corazón, el otro yo que en la sombra acaece disolviendo bordes de fingida identidad, borrándote en absurdo contraluz, insinuando que tu entero humano devenir cabe en una radiografía insomne |
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De aquel cuerpo o del otro del estruendo de los cuerpos. El chistido, el croar de los cuerpos te atristaría, como enharinándote tan remoto, su sólido humus, de los plateados papagayos de la abstracción. Tu alma, tu cuerpo inféctanse de universo si te elevás a ras de fango. ¿En qué ahuja de putriscible reloj adelanta éste tu cuerpo el minuto de morir distante al fin del sólito soliloquio, del vano quejidito menstrual? ¿Cuerpo el tuyo transterrado, cuerpo de quien escancia duelo y alma? |
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Tu cuerpo, tus líquidos, tus grumos viscosamente únicos. Vapores de la tarde los derrotan con lunar lentitud. Tu cuerpo: la ermita donde arden árabes aceites, donde has anidado patas de caballo para galopar vastas praderas -y madre no te conoció- decidido a que tu voz, igual a infantil fantasía, tradujese la voz de otra especie, fuese extranjera lengua equina y así escapar a la vana pertenencia, la falacia de moverte en un mundo donde nadie aguarda por tu huella tu voz. Pero te abatieron sobre el lecho. Descaballado, humanísimo, desnudo. Hoy, tu caballo agoniza en la ventana. Y tu humana ficción habrá de desvelarte, por los siglos de los siglos |
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Se desmenuza la ventana en humedades otoñales desmenuzan la ventana la mañana húmedos maulliditos Decimonónica mujer se peina y peina tras el cristal (húmedo vidrio) Menesteres labora (caldillos) Acunan la humedad ya reseca esos óxidos que sepultan la infancia. Cómo es que tales nieves bufandas chubascos ah inmortal sonatina de la lluvia Y que me entierren en el revés de la ventana maulladora Que me entierren para más rato (digo) en verdeantes praderas ventanal adentro donde vida compagina -como una moviola- húmedos pedacitos tórnase cadáver. (a Rodolfo Godino) |
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A LOS SEIS AÑOS DE TU PERDIDA EDAD presionaste, airoso, el picaporte. Ante tu mano: la puerta de infructuosa habitación (prohibida). Dentro de ella podrás adivinar -quizás- aquel perfil: te impresionan su agobio, su tristeza. Han pasado tres o cuatro décadas. Hoy, en torva pensión de caína vida -por qué no: en Tacuarembó- y en el afuera: callejas de tierra reverberante al sol -tres perros gimotean el tenaz acecho de tu espectro- muy luego de cruzar a paso lerdo el patio ensombrecido, y el viento en el parral, y algún azul aljibe, sin saber si abandonarte a la extinción o si rastrear la hembra que permita olvido, has entrevisto nuevamente aquella puerta de infancia (tan soñada). Contra el borde sombrío. Adosada al dosel. Y tu mano impulse -otra vez- la falleba. Y la puerta empiece, quizás, a ceder. Dentro: descifres un escrito en clave oculta (tan y tan tu cara de perfil). Revélase allí tu cáustico final. Se cerrará la puerta sobre tu cara última: te impresionan su agobio su tristeza. (a Ketty Alejandrina Lis) |
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blancas cigueñas aletean anhelantes diez mil millones de kilómetros (abren el piquito bébense todo el aire) aletean las cigueñas desde austria al sahara y agonizan de a miles de a decenas y es por ello que los dulces austríacos quienes a mozart arrojaran a la fosa común han ideado -para las cigueñas- reservas o santuarios de ecológica concentración tras las alambradas junto a torvas casitas de hojaldre allí: les tijeretean once plumas y ellas no consiguen ya volar hasta pasados cuatro años cuando estén otra vez prontas al vía crucis ah la blanca cigueña blanca tan igualita -salvo la ajorca de las plumas- a este bosnio cadavérico pegado al alambre acechando la cámara los rígidos terribles ojos fijos en el campo de exterminio a sólo pasos de una casa de hojaldre o torva tumba donde muerte da a luz y humea salobre pánico sobre Sarajevo |
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Si por raro artilugio o azar me travistiera yo en esos muslos tuyos: rectas columnas pasionales entremojadas al chorrear púdicos púbicos diluvios carbón del tu sol Si mi ficticio "yo" temblara o temblase en el clitogemir de esos tus muslos ateridos Si mi ojo-hombre así sobara mis azorados muslos mujer si copulara (obstinado remoto) con mi con mi ella-yo conmigo la mimisma Interminablemente. |
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Ruégale Ella: besa mis velos amor me besares (sus resedas) sutura suscitadora de abandono o sinrazón Le dice él: he de besar tus simétricos sintagmas levantisco tus postreras estribaciones húmedas (deleitosas catáforas hundiéndose en el mar) Ella: sus rojísimos quiasmos pezonados cuando aquellos felinos del "cómo cómo estás" eleven filológicas turgencias y acariciaren dedos (de él) saliva de femenino labio -pasional metonimia penetraciones en tropel- Ruégale Ella luego y se enciende Olas ruedan sobre sus hombros Sobre aquél su hombre transterrado Dícele Ella plegaria intima "te amo" dice y vuela sobre todos los tejados del mundo. |
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Imagine un ratón australiano, furia infinita de ésa su cópula, frenético jadeo coital (horas y horas roba virginidades a cuanta rata atine) imagine su espasmo último, muerto de tal amor, patitas hacia arriba, desollado por avispas o -¿mejor?- sea la bordada la bordó deidad coralina, la que espermatiza océanos desde el trópico al polo y óvulos y esperma por millones lanza -multicolores sputniks- y: llévalos de aquiallá el huracán marino (hasta que un par de ellos -por milagro- logra instaurar los ópalos de la fecundación) Muy diverso a ese equidna todo púas, pueril globo lunar cuyo pico un buril será (seductor): mamífero ovíparo, equidna-bebé que del huevo insurge traslúcido, baboseando materno pezón: adúltase allí el terco, rosáceo mamador: nada similar en poético ardor a la mosca tsé-tsé cuando gusana (jamás crisálida, pues su progenitora, exhausta, trasvásale al nacer litros de sangre sorbidos al buey por lo cual: nace ya mosca, sin más, horripilosa drácula del Africa) ¿y qué decir de la madre camaleona, verde de ancestral hastío, forzando los goteantes hijos desde el vientre, sobre hojas-cuencos plenas de rocío, para masnunca saber después de ellos? Y ni hablar de la insensata ñú: eso de alumbrar al vástago de pie, útero en lo alto, y tropiézase él sin acertar un paso hasta que finalmente repte a gatas, diagonal, expuesto al depredador que antójele cebarse. Las jibias, en cambio (las de Montale) adhieren una a otra, vibrátiles ventosas, y surcan sus espermios la íntima frontera. Líricamente ámanse, procrean. Así los animales su sabio frenesí Sólo el humano ama y el planeta le estalla en la cabeza. |