Jorge Luis Borges
|
|
| PALABRAS PRELIMINARES
Jorge Luis Borges: a 15 años de su muerte por Víctor Sosa I Borges es un caso especial en la llamada literatura latinoamericana (si queremos insistir en ese término tan ambiguo como errado), y es un caso especial porque contradice todos los cánones establecidos por Europa durante su hegemónica dominación cultural- para definir lo que debía ser la literatura latinoamericana. Dicha definición de lo latinoamericano pasaba por una serie de irrecusables lugares comunes; exotismo: toda América Latina debe respirar trópico y exuberancia vegetal, de fauna y de llamativa flora; regionalismo: descripción realista y minuciosa del paisaje, aunada a un perfil de los pobladores indígenas, mestizos o criollos expoliadores; realismo mágico: partiendo de lo exótico y lo regional, se impone una pizca de fantasía que, sin embargo, no transgreda los límites de lo verosímil ya que la "magia" de América Latina exige Macondos y curas que ejerciten la levitación después de ingerir una taza de chocolate. Esos parámetros de lo exótico, lo regionalista y el realismo mágico, fueron la carta de identidad de la literatura latinoamericana ante el criterio y los ojos de los europeos durante buena parte del siglo pasado. No olvidemos tampoco la ola de literatura "comprometida" tan estimulada por el camarada Sartre- que pululó en librerías, anaqueles y universidades a partir de los años sesenta. II Si Evaristo Carriego, el poeta popular y arrabalero, le dio a Borges los ecos de un Buenos Aires de guitarras y cuchillos que se imponen temáticamente en su etapa criolla, será otro personaje singular, Macedonio Fernández, quien lo inicie en las perplejidades de la metafísica ya no a partir de la rigurosa biblioteca paterna sino del coloquio socrático, de la conversación chispeante y seductora, de la pertinente broma inteligente. El joven Borges frecuentaba, a partir de 1921 año de su regreso de España-, las tertulias que Macedonio Fernández dirigía en el café La Perla, en la plaza Once, donde se discutía sobre Berkeley, Hume, Schopenhauer y los grandes temas de la filosofía metafísica. No es de extrañar, entonces, que las dos constantes borgianas que atraviesan toda su obra la mitología de Buenos Aires y las especulaciones filosóficas- tengan su origen en esos años de apasionada redefinición de su escritura. Y algo más importante: ambas constantes se entrecruzan, se mezclan, se confunden muchas veces dentro de un mismo género en un cuento, en un ensayo, en un poema-, sin desmedro, sin incongruencia alguna; con un natural artificio Borges puede abordar una problemática filosófica universal en un contexto "nativista", gauchesco, cercano a las escenas de costumbres. También se impone, desde entonces, una doble hibridez: hibridez de géneros e hibridez entre la realidad y la ficción. En el primer caso, los géneros se encabalgan; nunca sabemos si estamos ante un ensayo o un cuento, como sucede con la primer narración de Ficciones, "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", ese planeta arduamente inventado, es decir, imaginado, y donde Borges deja caer esta hermosa sentencia: "Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica". Dicha declaración define más que a los metafísicos de Tlön-, de manera brillante, el pensamiento del propio Borges con respecto a la filosofía y la literatura. Lo hermoso es el asombro y éste puede encarnar en cualquier lado, en cualquier texto, en cualquier lector. El asombro es un principio de felicidad y de inocencia y acaso sólo se pueda ser feliz siendo inocente-, algo que todos los hombres incluido Borges- anhelamos no perder totalmente. La segunda hibridez a la que me remito es aquélla que se da entre los elementos ficticios de la trama y los elementos biográficos que Borges, taimadamente, urde para insuflarle verosimilitud a lo fantástico del relato: fechas, lugares concretos, realmente existentes en la geografía rioplatense o en ese laberinto llamado Buenos Aires, amigos escritores Bioy Casares, Emir Rodríguez Monegal, Alfonso Reyes, entre otros- pueblan sus ficciones, no solamente para confundir al lector sino, más bien, para fundir realidad y literatura, personajes ficticios y personajes que habitaron la incesante historia de los hombres. Es esa hibridez, esa virtualidad siempre abriéndose en ilusorio abanico, la que nos lleva a esa otra temática obsesiva del escritor argentino: el doble. III Si el mundo no es real o, por lo menos, hay que observarlo bajo la lupa de la sospecha, tampoco puede ser "real" u objetiva la actividad crítica. Borges descree de la crítica académica, la crítica que intenta imponer una doctrina, una verdad unívoca, insoslayable, para abordar el texto literario. Dicha actitud lo alejó de la crítica profesional pero, venturosamente, lo impulsó a desarrollar una crítica que partía de la propia experiencia literaria, sin preconceptos, sin una sistematización amparada en moldes pedagógicos. Borges descarta el elogio y la censura, por banales, y los considera ajenos e innecesarios en la crítica literaria sin embargo, no siempre fue fiel a esa sana pero utópica actitud ecuánime-. Su mayor aporte, sin duda adelantándose a muchas modas y escuelas de la crítica francesa-, fue el de postular la supremacía del texto por sobre la del autor. El texto, el lenguaje es, si no infinito, susceptible de combinaciones infinitas; como el ajedrez, que tiene un número determinado de piezas en el tablero pero un número indeterminado de posibles combinaciones. El texto, el lenguaje, deviene infinito no solamente por sus incontables combinaciones de palabras, frases, fonemas, puntos y comas, sino en la medida en que cada lector, y cada lectura, lo recrea, lo rehace, lo devuelve al asombro de la originalidad. En "Pierre Menard, autor del Quijote", Borges postula esa poética con su peculiar manera de teorizar narrando, construyendo un cuento que es un ensayo y viceversa, y donde la parodia y la sátira prevalecen. Se trata de un poeta francés de comienzos del siglo XX que se impone la tarea de reescribir el Quijote usando las mismas palabras empleadas por Cervantes a comienzos del siglo XVII. La idea no era hacer una fiel copia del célebre libro, eso sería muy fácil: "Su admirable ambición nos dice Borges- era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes". Coincidencia no es copia, aunque esa coincidencia sea absolutamente premeditada. En el primer caso, Cervantes acometió el Quijote ayudado por la inspiración y el azar de la escritura: "Yo he contraído nos dice Menard- el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea." La diferencia de estos dos Quijotes como señala Rodríguez Monegal- "no está, claro, en el texto sino en el contexto." Menard, al respetar el español arcaico en que está escrito el libro de Cervantes, hace una parodia de esa escritura que, en la época de Cervantes, era el español corriente de la época. Paradójicamente, el escrupuloso respeto del original, lo traiciona, lo altera, lo hace otro. Es decir que, el contexto cambia al texto. Preguntémonos hoy, cómo leerían los contemporáneos de Homero la Ilíada, ¿cómo un libro de aventuras fantásticas pobladas de héroes y de dioses, o como un libro de historia? Lo dice Borges de otra manera: "No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aun más notoria. El Quijote me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor." "Pierre Menard, autor del Quijote" postula que el verdadero autor de un texto literario es el lector; éste transforma lo leído y así lo crea, y el texto, a la vez, cambia al lector, lo hace siempre ese otro en busca de sí mismo. Ver en el día o en el año un símbolo Todo, para Borges, es cifra de otra cosa y cada cosa, representa su género, su arquetipo, su inevitable sucesión en el tiempo: una rosa será todas las rosas del pasado y del porvenir, un río, será el río de Heráclito que no cesa en su fluir que se parece al sueño y al olvido, un tigre, todos los tigres, como el de este poema, "El tigre", del libro Historia de la noche: "Iba y venía, delicado y fatal, cargado de infinita energía, del otro lado de los firmes barrotes y todos lo mirábamos. Era el tigre de esa mañana, en Palermo, y el tigre del Oriente y el tigre de Blake y el de Hugo y Shere Khan, y los tigres que fueron y que serán y asimismo el tigre arquetipo, ya que el individuo, en su caso, es toda la especie. Pensamos que era sanguinario y hermoso. Norah, una niña, dijo: Está hecho para el amor." A esta ruinosa tarde me llevaba La muerte es un fin -ilusorio fin- de la errante multiplicación de pasos por el mundo. Borges, quien no vio en los seres y en las cosas más que múltiplos de un inaccesible arquetipo, aborreció de los espejos por un extraño terror a la multiplicación de las imágenes. Negó, en su obra, al tiempo, negó la individualidad, negó las vanidades del autor que cree servirse del lenguaje cuando es el lenguaje quien se sirve de él y luego, con ayuda del tiempo, lo deshecha; sin embargo, en sus negaciones y en sus creaciones al fin reflejos de lo mismo-, Borges fue construyendo su secreto y singular destino del que ningún hombre puede escapar-. Lo más importante de ese destino está en su obra: Oh destino de Borges, Publicado originalmente en Banda Hispânica DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1899. Por influencia de su abuela materna aprendió, antes que en castellano, a leer en inglés. Estudió en Ginebra y pasó algún tiempo en España, donde conoció a los escritores ultraístas. En 1921 regresó a la Argentina y participó en la fundación de algunas revistas de literatura y filosofía, tales como Prisma, Proa y Martín Fierro. Durante la década del 30 fue perdiendo gradualmente la vista, hasta quedar completamente ciego. A partir de 1955 trabajó en la Universidad de Buenos Aires impartiendo clases de literatura inglesa. Borges escribió poesía lírica y fue recopilada en libros, entre otros, Fervor de Buenos Aires y Luna de enfrente. Suyos son muchos relatos de un alto estilo literario, como así también numerosos ensayos. Su obra es considerada una de las más originales de Latinoamérica y goza de gran prestigio internacional. Murió en Ginebra, en 1986. |
Jorge Luis Borges correo |
|
|
![]() |
| ARTE POÉTICA |
Mirar el río hecho de tiempo y agua y recordar que el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua. Sentir que la vigilia es otro sueño que sueña no soñar y que la muerte que teme nuestra carne es esa muerte de cada noche, que se llama sueño. Ver en el día o en el año un símbolo de los días del hombre y de sus años, convertir el ultraje de los años En una música, un rumor y un símbolo, ver en la muerte el sueño, en el ocaso un triste oro, tal es la poesía que es inmortal y pobre. La poesía vuelve como la aurora y el ocaso. A veces en las tardes una cara nos mira desde el fondo de un espejo; el arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia cara. Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios. También es como el río interminable que pasa y queda y es cristal de un mismo Heráclito inconstante, que es el mismo y es otro, como el río interminable. |
![]() |
| LOS ESPEJOS |
Yo que sentí el horror de los espejos no sólo ante el cristal impenetrable donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos sino ante el agua especular que imita el otro azul en su profundo cielo que a veces raya el ilusorio vuelo del ave inversa o que un temblor agita y ante la superficie silenciosa del ébano sutil cuya tersura repite como un sueño la blancura de un vago mármol o una vaga rosa, hoy, al cabo de tantos y perplejos años de errar bajo la varia luna, me pregunto qué azar de la fortuna hizo que yo temiera los espejos. Espejos de metal, enmascarado espejo de caoba que en la bruma de su rojo crepúsculo disfuma ese rostro que mira y es mirado, infinitos los veo, elementales ejecutores de un antiguo pacto, multiplicar el mundo como el acto generativo, insomnes y fatales. Prolonga este vano mundo incierto en su vertiginosa telaraña; a veces en la tarde los empaña el hálito de un hombre que no ha muerto. Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo que arma en el alba un sigiloso teatro. Todo acontece y nada se recuerda en esos gabinetes cristalinos donde, como fantásticos rabinos, leemos los libros de derecha a izquierda. Claudio, rey de una tarde, rey soñado, no sintió que era un sueño hasta aquel día en que un actor mimó su felonía con arte silencioso, en un tablado. Que haya sueños es raro, que haya espejos, que el usual y gastado repertorio de cada día incluya el ilusorio orbe profundo que urden los reflejos. Dios (he dado en pensar) pone un empeño en toda esa inasible arquitectura que edifica la luz con la tersura del cristal y la sombra con el sueño. Dios ha creado las noches que se arman de sueños y las formas del espejo para que el hombre sienta que es reflejo y vanidad. Por eso no alarman. |
![]() |
| A UN POETA SAJÓN |
Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo, pesó como la nuestra sobre la tierra, tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella, tú que viniste no en el rígido ayer sino en el incesante presente, en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo, tú que en tu monasterio fuiste llamado por la antigua voz de la épica, tú que tejiste las palabras, tú que cantaste la victoria de Brunanburh y no la atribuiste al Señor sino a la espada de tu rey, tú que con júbilo feroz cantaste, la humillación del viking, el festín del cuervo y del águila, tú que en la oda militar congregaste las rituales metáforas de la estirpe, tú que en un tiempo sin historia viste en el ahora el ayer y en el sudor y sangre de Brunanburh un cristal de antiguas auroras, tú que tanto querías a tu Inglaterra y no la nombraste, hoy no eres otra cosa que unas palabras que los germanistas anotan. Hoy no eres otra cosa que mi voz cuando revive tus palabras de hierro. Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que mis días merezcan el olvido, que mi nombre sea Nadie como el de Ulises, pero que algún verso perdure en la noche propicia a la memoria o en las mañanas de los hombres. |
![]() |
| UN SÁBADO |
Un hombre ciego en una casa hueca fatiga ciertos limitados rumbos y toca las paredes que se alargan y el cristal de las puertas interiores y los ásperos lomos de los libros vedados a su amor y la apagada platería que fue de los mayores y los grifos del agua y las molduras y unas vagas monedas y la llave. Está solo y no hay nadie en el espejo. Ir y venir. La mano roza el borde del primer anaquel. Sin proponérselo, se ha tendido en la cama solitaria y siente que los actos que ejecuta interminablemente en su crepúsculo obedecen a un juego que no entiende y que dirige un dios indescifrable. En voz alta repite y cadenciosa fragmentos de los clásicos y ensaya variaciones de verbos y de epítetos y bien o mal escribe este poema. |
![]() |
| AQUÉL |
Oh días consagrados al inútil empeño de olvidar la biografía de un poeta menor del hemisferio austral, a quien los hados o los astros dieron un cuerpo que no deja un hijo y la ceguera, que es penumbra y cárcel, y la vejez, aurora de la muerte, y la fama, que no merece nadie, y el hábito de urdir endecasílabos y el viejo amor de las enciclopedias y de los finos mapas caligráficos y del tenue marfil y una incurable nostalgia del latín y fragmentarias memorias de Edimburgo y de Ginebra y el olvido de fechas y de nombres y el culto del Oriente, que los pueblos del misceláneo Oriente no comparten, y vísperas de trémula esperanza y el abuso de la etimología y el hierro de las sílabas sajonas y la luna, que siempre nos sorprende, y esa mala costumbre, Buenos Aires, y el sabor de las uvas y del agua y del cacao, dulzura mexicana, y unas monedas y un reloj de arena y que una tarde, igual a tantas otras, se resigna a estos versos. |
![]() |
| EL HACEDOR |
Somos el río que invocaste, Heráclito. Somos el tiempo. Su intangible curso acarrea leones y montañas, llorado amor, ceniza del deleite, insidiosa esperanza interminable, vastos nombres de imperios que son polvo, hexámetros del griego y del romano, lóbrego un mar bajo el poder del alba, el sueño, ese pregusto de la muerte, las armas y el guerrero, monumentos, las dos caras de Jano que se ignoran, los laberintos de marfil que urden las piezas de ajedrez en el tablero, la roja mano de Macbeth que puede ensangrentar los mares, la secreta labor de los relojes en la sombra, un incesante espejo que se mira en otro espejo y nadie puede verlos, láminas en acero, letra gótica, una barra de azufre en un armario, pesadas campanadas del insomnio, auroras y ponientes y crepúsculos, ecos, resaca, arena, liquen, sueños. Otra cosa no soy que esas imágenes que baraja el azar y nombra el tedio. Con ellas, aunque ciego y quebrantado, he de labrar el verso incorruptible y (es mi deber) salvarme. |
![]() |
| EL ÁPICE |
No te habrá de salvar lo que dejaron escrito aquellos que tu miedo implora; no eres los otros y te ves ahora centro del laberinto que tramaron tus pasos. No te salva la agonía de Jesús o de Sócrates ni el fuerte Siddharta de oro que aceptó la muerte en un jardín, al declinar el día. Polvo también es la palabra escrita por tu mano o el verbo pronunciado por tu boca. No hay lástima en el Hado y la noche de Dios es infinita. Tu materia es el tiempo, el incesante tiempo. Eres cada solitario instante. |
![]() |
| EL CÓMPLICE |
Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos. Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta. Me engañan y yo debo ser la mentira. Me incendian y yo debo ser el infierno. Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo. Mi alimento es todas las cosas. El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo. Debo justificar lo que me hiere. Soy el poeta. |
![]() |
| LA SUMA |
Ante la cal de una pared que nada nos veda imaginar como infinita un hombre se ha sentado y premedita trazar con rigurosa pincelada en la blanca pared el mundo entero: puertas, balanzas, tártaros, jacintos, ángeles, bibliotecas, laberintos, anclas, Uxmal, el infinito, el cero. Puebla de formas la pared. La suerte, que de curiosos dones no es avara, le permite dar fin a su porfía. En el preciso instante de la muerte descubre que esa vasta algarabía de líneas es la imagen de su cara. |
![]() |
| LA TARDE |
Las tardes que serán y las que han sido son una sola, inconcebiblemente. Son un claro cristal, solo y doliente, inaccesible al tiempo y a su olvido. Son los espejos de esa tarde eterna que en un cielo secreto se atesora. En aquel cielo están el pez, la aurora, la balanza, la espada y la cisterna. Uno y cada arquetipo. Así Plotino nos enseña en sus libros, que son nueve; bien puede ser que nuestra vida breve sea un reflejo fugaz de lo divino. La tarde elemental ronda la casa. La de ayer, la de hoy, la que no pasa. |