No le vengan a borrar con globos y servilletas el curioso infortunio de ser viejo a los treinta y cinco. Los amigos no se percatan de los préstamos e intereses que otorga cada regalo de la vigilia. A nadie le extraña la misma cara de pudú asustado. Solamente su mujer, sin celo alguno, sabe cuántos afanes esconde esa cifra promedio de vida, cuántos rumores se arroparon entre las fundas, cuánta fe había en su implacable deseo. ¿Qué mala persona, acaso su secretaria, la muerte, que mandó a disponer tantas cornetas de papel, tantos regalitos sorpresa para su difunto aniversario? Es su mal gusto distintivo.