ARDE, ESTRELLA MÍA...
Arde, estrella mía, no caigas. 
Derrama tus rayos fríos. 
       Tras la muralla del cementerio 
ya no late ningún corazón. 

       Luces con el agosto y el centeno 
y llenas la quietud de los campos 
con el temblor sollozante 
de las grullas que aún no partieron. 

       Me alcanza viniendo de lejos, 
quizás del bosque o del cerro, 
otra vez aquella canción 
de mi país, y de mi casa natal. 

       Y el otoño dorado 
reduciendo la savia de los abedules 
llora sus hojas sobre la arena 
por todos los seres que amé. 

       Lo sé. Lo sé. Dentro de poco, 
ni por mi culpa ni por la ajena 
tendré que tenderme también 
detrás de la negra muralla. 

       Se apagará la llama cariñosa 
y se convertirá en polvo el corazón. 
       Los amigos pondrán una piedra gris 
con una alegre inscripción. 

Mas yo, pensando en la triste muerte 
así la compondría para mí: 
       “Amó a su patria y a su suelo 
como un borracho a su taberna”. 
(1925)