LAS HOJAS CAEN...
       Las hojas caen... Las hojas caen... 
El viento gime lento y sordo... 
       ¿Quién alegrará mi corazón? 
       ¿Quién lo calmará, amigo mío? 

       Con párpados pesados 
miro y miro la luna. 
       De nuevo cantan los gallos 
en la quietud sombría. 

       El amanecer. Lo azul. Lo matinal. 
Y de las estrellas fugaces la felicidad. 
       ¿Formularme un deseo cualquiera? 
       Pero, no sé que desear. 

       Qué desear bajo la carga de la vida 
maldiciendo mi destino y mi hogar. 
       Quisiera ver ahora una buena muchacha 
bajo la ventana. 

       Muchacha de ojos azules 
—sólo para mí; para nadie más—
que calme mi corazón 
con palabras y sentimientos nuevos. 

       Que bajo esta blancura de luna, 
aceptando mi suerte dichosa, 
no sufra yo con la canción ajena, 
y al ver en otros juventud alegre, 
no me lamente de la mía jamás.
(1925)