BUENA ACTITUD CON LOS CABALLOS
Los cascos golpeaban.
Parecía que cantaban:
Grib.
Grab.
Grob.
Grub.
Se deslizaba la calle,
bebida por el viento,
calzada por el hielo.
Un caballo se desplomó
sobre su grupa,
y de golpe
los curiosos, uno tras otro,
los pantalones que paseaban por Kuznetsky (1)
se apretaban alrededor.
La risa sonó y tintineó.
¡Un caballo se cayó!
¡Cayó un caballo!
Reía Kuznetsky.
tan sólo yo
no mezclaba mi voz con su aullido.
Me acerqué
y vi
los ojos del caballo...
La calle se volcó
y fluye a su manera...
Me acerqué y vi:
los goterones
se deslizan por su cabeza,
se esconden en su pelo...
Un dolor común
y animal
se vertió, chapoteando, dentro de mí
y se derramó en el susurro:
Caballo, no vale la pena.
Caballo, escúcheme:
¿piensa que sea peor que ellos?
Niñito,
todos, somos un poco caballos,
cada uno de nosotros a su manera es un caballo.
Quizás,
el anciano
no necesitaba ninguna niñera.
Quizás, mi pensamiento le pareció trivial,
pero
el caballo
se alzó,
se puso de pie,
relinchó,
y empezó a caminar.
Movía la cola
niño pelirrojo.
Llegó alegre,
se colocó en el establo.
Y le parecía
que era un potrillo,
que valía la pena de vivir
y trabajar.
(1) Kuznetsky, puente (N. de la T.)
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