BUENA ACTITUD CON LOS CABALLOS
Los cascos golpeaban. 
Parecía que cantaban: 

    Grib. 

    Grab. 

    Grob. 

    Grub.  

Se deslizaba la calle, 
bebida por el viento, 
calzada por el hielo. 
Un caballo se desplomó 
sobre su grupa, 
y de golpe 
los curiosos, uno tras otro, 
los pantalones que paseaban por Kuznetsky (1) 
se apretaban alrededor. 
La risa sonó y tintineó. 
—¡Un caballo se cayó! 
—¡Cayó un caballo! 
Reía Kuznetsky. 
tan sólo yo 
no mezclaba mi voz con su aullido. 
Me acerqué 
y vi 
los ojos del caballo... 
La calle se volcó 
y fluye a su manera... 
Me acerqué y vi: 
los goterones 
se deslizan por su cabeza, 
se esconden en su pelo... 
Un dolor común 
y animal 
se vertió, chapoteando, dentro de mí 
y se derramó en el susurro: 
“Caballo, no vale la pena. 
Caballo, escúcheme: 
¿piensa que sea peor que ellos?” 

“Niñito, 
todos, somos un poco caballos, 
cada uno de nosotros a su manera es un caballo”. 

Quizás, 
—el anciano 
no necesitaba ninguna niñera. 
Quizás, mi pensamiento le pareció trivial, 
pero 
el caballo 
se alzó, 
se puso de pie, 
relinchó, 
y empezó a caminar. 
Movía la cola 
niño pelirrojo. 
Llegó alegre, 
se colocó en el establo. 
Y le parecía 
que era un potrillo, 
que valía la pena de vivir 
y trabajar. 
(1) Kuznetsky, puente (N. de la T.)
(1918)