EL KREMLIN EN LA BORRASCA A FINES DE 1918
Como si lo arrojaran a las nieves
de la última estación en ruinas;
como el campo en la noche, en silbidos y clamor,
arrastrándose laboriosamente;
como antes del fin, sin fuerzas,
en su angustia implorando a la borrasca
que no apague el remolino del alma,
cuando todo se cubra con la última negrura...
¡A veces!... A veces,
como un buque aprisionado a las amarras,
que se arranca milagrosamente
del ancla hacia la tempestad.
El Kremlin, sin comparación, aquella noche,
extraño, todo de espuma,
en su aparejo de tantos inviernos
se arroja con violencia en la borrasca.
Y grandioso, pleno de pasado,
como la adivinación de un visionario,
vuela sin reparos, amenazador
a través del año que se acaba, hacia el diez y nueve.
Entra por mi ventana
con el cobre de sus campanarios;
quizás teme que se acabe el año
antes de haberme conocido.
El resto de los días y de las borrascas
que fueron su destino en el diez y ocho,
se enfurece alrededor,
como si no hubiera jugado hasta la saciedad.
Presiento que tras de las tormentas,
el año que no ha llegado aún,
tomará mi destrozado yo
y lo llenará de nuevas enseñanzas.
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