EL AVARO
Escena primera (El sótano)
El Barón:
       Así como el mancebo acude a la furtiva cita 
con cualquier libertina que vende sus caricias, 
o la tonta muchacha que pudo seducir, 
espero todo el día el instante dichoso 
en que bajo a mi sótano hacia mis fieles cofres. 
¡Oh, qué glorioso día! Pondré en la sexta caja— 
la que aún no está llena— un puñado más de oro... 
Parece ser muy poco, mas lentamente crecen 
mis amados tesoros. Leí en alguna parte 
que el Rey ordenó un día a todos sus guerreros 
que echaran un puñado de tierra en un montón, 
y un orgulloso cerro allí se levantó. 
El Rey pudo mirar de lo alto alegremente 
la llanura cubierta por las tiendas de guerra 
y el mar donde bogaban, cual pájaros, los buques. 
De igual modo, trayendo puñado tras puñado 
mi tributo habitual hasta este sótano, 
me erigí una montaña, y de su altura soberbia, 
lo que me pertenece me gusta contemplar. 
Pero decidme: ¿qué es lo que no me pertenece? 
Desde aquí como un mago puedo regir el mundo. 
Si yo lo deseara, se levantarían palacios; 
a mis bellos jardines vendrían diligentes 
las niñas más hermosas en grácil multitud. 
Las musas me darían su olímpico tributo 
y el genio majestuoso se rendiría ante mí. 
La virtud, el tesón, y la labor constante 
esperarían humildes mis pingües recompensas. 
Me bastaría un silbido, y la maldad sangrienta 
se arrastraría hasta mí, dócil, tímida, servil; 
me lamería las manos mirándome a los ojos 
para leer en ellos mi magna voluntad. 
Todo me es obediente; yo no obedezco a nadie; 
conozco mis poderes, y eso me hace feliz... 
(1830)