EL PROFETA
       Vagaba a tientas por un desierto tenebroso. 
Mi espíritu sediento padecía. 
En una encrucijada apareció de pronto un alado serafín. 
Con dedos leves como un sueño mis párpados tocó. 
Entonces se abrieron proféticos mis ojos 
cual los ojos de un águila en peligro. 
Rozó mis orejas; se llenaron de sonidos y de clamores: 
oí las vibraciones del éter, oí el vuelo de los ángeles, 
el deslizarse de los peces bajo el mar, 
y el crecer silencioso de la vid. 
Me apartó los labios, me arrancó la lengua 
maliciosa, locuaz y pecadora; 
con su mano ensangrentada 
puso entre mis yertos labios 
bífida lengua llena de sabiduría. 
Hendió mi pecho con su espada, 
sacó mi palpitante corazón 
y una ascua ardiente me incrustó en la herida. 
Exánime yacía sobre el páramo 
cuando la voz de Dios me despertó: 
“Levántate, Profeta, abre tus ojos, tus oídos, 
y a través de mares y tierras, 
que tu verbo abrase el corazón de los pueblos”. 
(1826)