POLTAVA
(Canto primero. Fragmento)
Es Kochubey muy rico y famoso.
Señor de campos ilimitados
donde se crían, libres y ariscos,
finos caballos en grey inmensa.
Sus heredades rodean Poltava
con sus campiñas y sus sembrados.
Bienes sin cuenta son su caudal:
preciosas pieles, rasos y plata
guardan los muros de su palacio.
Pero el orgullo de Kochubey
no son sus potros de larga crin,
ni las herencias de sus abuelos,
ni el diezmo en oro de la Crimea.
Sólo una joya: su hermosa hija,
llena de dicha al gran Kochubey.
Y ciertamente, no hay en Poltava
niña tan bella como María.
Parece un lirio de primavera
criado a la sombra de las encinas.
Esbelta y grácil como un álamo
sobre las rocas. Sus movimientos
son como el suave bogar de un cisne
por el estanque, o como el ágil
ímpetu alado de un ciervo joven.
Su seno es blanco como la espuma.
Alrededor de su frente altiva
son nubarrones sus bucles negros.
Tienen sus ojos luces de estrella,
y arde en sus labios rosada llama.
Mas no es tan sólo por su belleza
flor pasajera, que es respetada
con mudo asombro, como una reina.
En todas partes es renombrada
como doncella cuerda y serena.
Rusia y Ucrania le envían por eso
los pretendientes más envidiables.
Pero María, tímida, huye
del matrimonio y rechaza a todos,
hasta que un día el Hetmán mismo
eleva ante ella sus peticiones.
Es un anciano. Ya está abatido
por mil tareas, guerras y penas,
pero de nuevo bulle su sangre
y hay en su pecho amor otra vez...
(Canto primero. Fragmento)
¡Pobre María, la más hermosa
de las doncellas que hay en Cherkasy!
¿Es que no sabes qué vil serpiente
has abrigado en tu seno virgen?
¿Qué misterioso poder maligno
te lleva ciega con tanta fuerza,
hacia aquella alma corrupta y cruel?
¿A qué demonio te has entregado?
Su pelo cano,
sus mil arrugas,
sus ojos viejos, grises y hundidos,
y sus discursos
finos y aviesos
te son más preciosos que el mundo entero.
Ellos te hicieron olvidar todo.
Y preferiste al hogar paterno
el lecho infame del seductor.
Te hechizó el anciano con sus ojos milagrosos;
arrulló tu conciencia con sus suaves discursos;
deslumbrada levantas hacia él tus miradas
y tierna, lo acaricias con la más fiel unción.
Tu deshonor te halaga
y en loco aturdimiento, aún te enorgulleces
del mismo deshonor,
como antes te preciabas
de limpia castidad.
Y perdiste, María,
el encanto inefable del pudor.
¿Qué es para ella el pudor?
¿Qué son las alusiones de la gente
cuando mira inclinarse hacia su falda
la orgullosa cabeza del anciano?
El Hetmán olvida en su regazo
las tareas y luchas de su vida
y revela a la tímida muchacha
los audaces designios de su mente.
Sus días inocentes María olvidó.
Sólo a veces, como una nube oscura,
cubre la pena su alma dolorida:
imagina a sus padres abatidos
y a través de sus lágrimas les ve
solos y ancianos. Entonces le parece
que oye sus suspiros y reproches...
¡Ah, si pudiera sospechar
lo que toda la Ucrania ya conoce!
Mas, celosos, le ocultaron hasta hoy
del terrible secreto la verdad.
(Canto segundo. Fragmento)
Una faja purpúrea del alba
va creciendo muy clara por los cielos.
Empiezan a brillar cerros y valles,
los bosques y las olas de los ríos.
Ya se escucha el rumor de la mañana
y la villa comienza a despertar.
María respira suavemente
sumida en blando sueño, mas de pronto
le parece oír que alguien, cauteloso,
en su alcoba ha penetrado y que la llama.
María se despierta, pero el brillo
matinal ciega sus ojos que se cierran
otra vez; tiende los brazos, y sonriendo
murmura apasionada: ¿Tú, Mazepa?
Otra voz le responde... ¡Oh, Señor!
se estremece María, abre los ojos
y ve que frente a ella está su madre...
La madre:
Calla, calla, no nos pierdas.
En la noche me acerqué con precaución
para traerte mis súplicas. Hoy mismo
será la ejecución. Tú eres la única
que puedes ablandarle en su crueldad.
¡Salva a tu padre!
María:
¿Ejecución? ¿Mi padre?
La madre:
¿No lo sabes? María, es imposible...
No estás en un desierto, niña mía.
En el palacio vives;
debieras conocer la feroz saña
del Hetmán que castiga sin cuartel,
que el mismo Zar le escucha... ¡Pero veo
que repudias, cegada en tu locura,
hasta el mismo dolor de tu familia!
Aquí te hallo durmiendo tan serena
mientras leen la sentencia y se levanta
el hacha sobre el cuello de tu padre...
Ya lo estoy viendo... Nos ignoras...
¡Recóbrate, hija mía!
Anda, vuela, arrójate a sus pies...
María, ten piedad, salva a tu padre.
Tu mirada atará las manos crueles
y quizás aún el hacha detendrás.
Corre, exige, que el Hetmán te oirá.
Por él has olvidado tu virtud,
a tus padres y a Dios.
María:
¿Qué me sucede?
¿Qué?... Mi padre... Mazepa... ejecución...
Aquí, en este palacio,
mi madre me suplica...
¡No!... ¡Tal vez estoy loca
o soñando!...
La madre:
¡Que Dios sea contigo!
No... No... Sueños no son. ¿Será posible
que ignores todavía?
Tu padre exasperado,
incapaz de sufrir el deshonor,
llevado por el ansia de vengarse,
ha denunciado al Hetmán ante el Zar.
En sangrientas torturas,
confesó que la insidia le guiaba
y que todo su informe fue calumnia.
En castigo por su noble osadía
fue entregado a las manos de Mazepa,
y hoy mismo, ante el ejército y los jefes
si no lo ampara Dios
será ejecutado...
Mientras tanto, cautivo está en la torre.
María:
¡Señor!... ¡Hoy!... ¡Oh, pobre padre mío!...
Y cae la doncella como muerta.
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