ALLÁ EN LA MESETA ARDIDA...
       Allá en la meseta ardida 
bajo una pared de fuego, 
“Gracias a Dios —yo pensaba— 
que estás tan lejos de mí. 
Que no escuchas este trueno, 
y que no ves este infierno. 
Que allá en el pueblo lejano 
hay una apacible casa 
y un apacible jardín. 
Que en vez de piedras, hay agua; 
que en vez del trueno y del fuego 
hay la sombra de unos arces 
y que el horror de este día 
nunca lo conocerás. 

       Mas si te encuentro de nuevo, 
desearía que cada hora, 
cada día, cada batalla 
me sigas como una sombra. 
Que compartieras mi pan, 
mis lágrimas y mis penas. 
Que te ciegues si me ciego, 
Que te hieles si me hielo, 
Que mi miedo sea tu miedo, 
Que mi ira sea tu ira, 
Que mi voz esté en tus labios 
en cuanto deje los míos. 

       Que no digan mis amigos 
que a mi lado sufren todo: 
“Ella no estaba contigo 
pero estábamos nosotros. 
¿Qué es para ti esta mujer? 
Ella no estuvo contigo 
en la batalla aquel día, 
ni fue ella quien te salvó. 
¿Qué es para ti esta mujer? 
¿Por qué estás siempre con ella 
como si en pena y dolores 
se haya quedado contigo 
reemplazando a tus amigos?” 

       Que pudiera contestarles: 
“Sí. ¿Pero tú no la viste 
cuando apretada a mi pecho 
yacía en medio del fragor? 
Sí. Pero ya has olvidado 
que ella soportó conmigo 
los tres días más terribles 
y que también te ayudó 
la vez que tú me salvaste, 
y entonces, cuando tú y yo 
brindamos por mi fortuna, 
ella, aunque tú no la viste, 
a la mesa se sentó... 
De El diario lírico, 1941-1942