LA MUERTE DE UN AMIGO
       No es verdad: un amigo no muere; 
tan sólo deja de estar a tu lado. 
No comparte más el pan contigo, 
ni bebe más de tu caramañola. 

       En la fosa cubierta por la nieve, 
no canta más la canción de sobremesa, 
y cerca de ti, bajo la misma capa, 
no duerme más junto al brasero. 

       Pero todo lo que ha pasado entre vosotros, 
todo lo que os seguía en vuestras huellas, 
no pudo quedarse 
con sus restos, en la tumba. 

       Heredero de ira y desdén, 
después que perdiste a tu amigo, 
te volviste para siempre 
dueño de doble vista y oído. 

       Legamos amor a nuestras mujeres; 
recuerdos a nuestros hijos; 
pero en los campos quemados por la guerra, 
a los amigos legamos el caminar. 

       Aún nadie conoce un remedio 
para las muertes repentinas. 
Más y más grave se vuelve el peso de la herencia, 
más y más estrecho el círculo de tus amigos. 

       Carga entonces su peso, vagando en las batallas. 
No dejes caer nada. 
Pasa con él la noche bajo el fuego. 
Cárgalo. Cárgalo. 

       Cuando ya no puedas cargarlo más, 
recuerda que al perecer 
tan sólo lo transferirás a los hombros 
de los que vivan aún. 

       Y alguien, sin haberte visto, 
de terceras manos tu peso tomará, 
y vengando a los muertos, y odiando, 
hasta la victoria lo llevará.
De La libreta del frente, 1942