EL TERROR
Por la noche se preparaban para el trabajo.
Leían relaciones, informes, expedientes.
De prisa firmaban sentencias.
Bostezaban. Bebían.
Por la mañana repartían vodka entre los soldados.
Por la noche, a la luz de las velas,
llamaban por lista a hombres y mujeres.
Los empujaban al patio sombrío;
les quitaban calzados, ropa interior, vestidos.
Los ataban en líos; los cargaban en el carro; los llevaban.
Dividían anillos, relojes...
Por la noche los conducían, descalzos, hambrientos,
por el suelo helado, bajo el viento Nordeste,
fuera de la ciudad, hacia vacíos solares.
Con las culatas los empujaban hacia la barranca,
los alumbraban con las linternas, y durante un medio minuto
trabajaban las ametralladoras.
Los acababan con las bayonetas.
Aun vivientes, los echaban en el foso.
De prisa los cubrían de tierra,
y entonces, con un canto largo y sonoro
retornaban a la ciudad.
Al amanecer, se deslizaban hacia las mismas barrancas
mujeres, madres, perros.
Excavaban la tierra, peleaban por los huesos,
y besaban la carne querida.
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