PARÍS
El ocaso lucía su sonrisa carmesí. 
París se ahogaba en tiniebla purpurina. 
Con gesto de tristeza el día cansado 
abatió su frente contra el húmedo suelo. 

Y abrió lentamente la noche 
su ala gris sobre el mundo. 
Alguien fundió un puñado de piedras 
y las arrojó en el líquido cristal. 

En sus sedas desteñidas 
el río mecía un buque blanco, 
y había fiesta en el seno de las aguas: 
danzaban las luces en las olas. 

Unas filas de álamos enormes, 
gigantescos, se juntaban en el río, 
y se encendían los diamantes 
en el almenado encaje de las ramas. 

   Amar sin lágrimas, sin quejas. 
   Amar sin fe en el regreso... 
   Que cada instante sea 

el último en la vida. Que lo pasado 
no nos atraiga, irresistible. 

   Que la vida se deslice en anillos de humo, 
que pase, se disperse... 
y que la tristeza de la tarde alegre 
nos envuelva en su abrazo. 

   Mirar cómo se funden sin señal 
los vestigios del ensueño, nunca 
separarse de la dicha triste, 
y acercándose al fin del camino, 
suspirar y marcharse alegremente.