Última carta que viaja en un diván

A Marta Zamarripa

Qué lindo esto de caminar de la mano por la noche
y escuchar las campanas
y sentirnos cercanos,
cuando vos me decías:
“che negro dejate de joder”
Entonces,  sentía que tu mano
era capaz de arrearme por el mundo,
de llevarme más lejos de lo que pensaba.
Y el whisky nos cercaba con su abrazo infinito.
Y otra vez te volvía a preguntar
las mismas cosas.
¿Es cierto que lo viste?
Contame otra cosita no me quiero dormir.
De golpe por las calles resurgían las garzas
y yo seguía en la mía, y vos:
                                     /” ¿viste qué tango?”
y yo no daba más de tanta soledad.
Pero no decía nada.
Para qué preocuparte.
Estábamos tan juntos esa noche
y vos tan agitada,
me hablabas de otro tiempo
y yo fingía escucharte,
para que no te enojes.
Entonces, otra vez sentía que tu mano me llevaba.
Qué bueno esto de vernos,
de sabernos tan cerca.
Tal vez, sea la última vez que caminemos juntos,
hablando en el dialecto de los desamparados.
Pero no puedo pensar en otra cosa, ya no nos queda tiempo.
Entonces, vos me hablabas de Madariaga
y yo me volvía loco en su “lluvizna” eterna,
que era también la tuya.  Cuando vos me orientabas
y un radar encendido nos decía:
                                              /“es hora de volver”
y un concierto de “Solos” nos dictaba el camino.
Qué bueno esto de vernos,
de ser más que una estrella.
y vos dale negrito:
“peinate a la gomina y ponete corbata”
“dale no te hagas el croto, ya no te queda filo”
Y las calles, las calles con sus luces.
Pero los dos sabemos en el fondo
que esta ciudad no es nuestra, que no nos pertenece
y sólo es un juego habernos conocido,
leyendo en el verano de las islas tan solas.
Y que el remo no vuelve, como no vuelven
                                                “los espejos abolidos”.
Sería hermoso cantar los dos el mismo canto, 
pero estamos tan viejos
si hasta la San Miguel parece desdecirnos
y vos dale que dale,
creyendo que es posible
alterar a los Dioses.
Ya nadie nos escucha y es de noche
y el whisky nos desprecia
en su elegía de oro.
Y todo es tan lejano
como la voz del Flaco Zitarrosa entonando milongas.
Ya sé, no me lo digas
me faltan más recursos,
pero también mi nombre
es otra causa tuya,
y quiero caminar más tiempo de tu lado,
y que me digas:
“che dejate de joder viví la vida loco”.
Qué bueno esto de vernos
pero no tan seguido.
Mirá cómo te aguardan las luciérnagas
y el poema de Tejada nos deja sin palabras.
Y la tristeza me lleva por tus ríos,
ríos que fueron dos,
pero se vuelven uno en nuestras manos.
Che loca ya no nos queda tiempo.
Dejemos que el olvido
se ocupe de nosotros.

 

De Isla que mira hacia un diván – Ediciones del Clé,
Cuadernos del señalero, 2006