Prólogo

      Los diecisiete departamentos que conforman Entre Ríos (una de las veinticuatro provincias de la República Argentina),  están mucho más incomunicados que la provincia en relación con la capital del país,  Rosario o Córdoba. 

      En realidad siempre fue así, los motivos son más o menos conocidos, y el arte no escapa a esta situación. 

      Por eso, la presente antología sólo incluye la producción poética de algunos de esos departamentos, aquellos en los que pude tener acceso.  Son muy pocos: la mayoría de los poetas son de Paraná  (capital de la provincia)  y de algunas de sus ciudades: Basavilbaso, Concepción del Uruguay,  Concordia y Villa Elisa.

      No están representadas Gualeguay y Victoria, ciudades claves dentro de la literatura de la región, donde tal vez haya buenos escritores en actividad. Lamentablemente no los conozco.  Y por las mismas razones los departamentos restantes también están ausentes.  Sin embargo, se trata de un corpus significativo. Están incluidos los poetas de la nueva poesía entrerriana que considero relevantes, los que han sido reconocidos entre sus pares y han intervenido activamente en los recitales, principal canal de transmisión de la poesía actual.  Un poco más de la mitad de los antologados sólo ha editado un primer libro; los otros todavía permanecen  inéditos.  Una minoría tiene más de un libro impreso, recibió alguna distinción o divulgó sus trabajos en formatos digitales.  

      Casi todas las antologías suponen un recorte.  En principio debía ajustarme a la propuesta de reunir a los poetas jóvenes, considerando como tales a los menores de cuarenta años. Después decidí ampliar el espectro y sumar representantes de las generaciones anteriores.  Se trata de poetas que también han publicado un solo libro o  algo más, pero en antologías, revistas o ediciones de autor de circulación restringida; por lo tanto pueden ser leídos como si fueran “nuevas voces”.  Sus obras no han recibido la merecida atención del ambiente artístico en general, de otros escritores consagrados o  de  ciertos círculos académicos, que  -junto al incierto aval de los premios literarios y la anuencia de medios periodísticos-  transforman en paradigmas, de manera excluyente, determinadas estéticas, determinadas modas, determinados autores. Conviene situar este reconocimiento en la perspectiva adecuada: la poesía se difunde siempre secretamente y  por vías azarosas respecto de la literatura en general, que actualmente goza de escasa por no decir nula influencia sobre la vida social de los argentinos. Por otra parte, algunos poetas eligen el margen deliberadamente, como una manera de  preservar su obra de concesiones y apostar al lenguaje por encima de cualquier otra cosa.

          A lo largo de años de lecturas, el escritor está en condiciones de revisar el mapa que lleva consigo como equipaje y cotejar cada texto nuevo leído con esa cartografía.  En mi caso particular ese mapa se extiende desde lecturas parciales de los antiguos hasta los poetas de las nuevas generaciones; desde la Argentina a la China y de la poesía en lengua inglesa del Siglo XX,  a Chile, entre muchos otros países;  desde las narrativas, a la teoría literaria y a las literaturas orientales y va más allá de los difusos géneros literarios. Los criterios de selección de la presente antología se fundan en esa lectura abierta y ecléctica. De este modo, la subjetividad  propia del gusto cede a cierta objetividad. 

      Los poetas seleccionados responden a los imperativos de la época.  Quiero decir, todos se ajustan al verso libre, de métrica variable o amétrico y al ritmo propio del que escribe; al habla cotidiana y al entorno. El país y la ciudad de origen no deberían impedirnos advertir que así como hay escritores demarcados geográficamente,  hay otros que resulta difícil asociarlos con un lugar determinado, ya que las formas y los temas de sus poéticas exceden los rasgos particulares. 

      No hace falta enfatizar la pertenencia como si fuera una bandera; las raíces son tan insoslayables como la luz y los ríos que nos atraviesan.  Por lo demás estos parámetros no son fijos;  hay movimientos estéticos en consonancia con los desplazamientos del escritor. El espacio urbano se mixtura con el espacio natural y, a veces, se contaminan entre sí.  Un escritor que vive en la provincia no escribe igual que otro que vive afuera; el imaginario probablemente siga siendo el mismo, pero las formas cambian. Tres de los poetas seleccionados escribieron su obra fuera de la provincia y ejemplifican lo que vengo diciendo. Durand,  Ríos y Almada  han creado espacios de circulación para sus textos y los de muchos otros autores (a través de las editoriales, Ediciones del Diego, Interzona, Carne  argentina) y han recibido una atención más o menos considerable de la crítica y de otros escritores, lo que les han permitido recitar sus poemas en lugares diversos y publicarlos en diferentes formatos. No obstante este reconocimiento ocurre especialmente en la gran urbe; mientras que en la provincia estas voces no ingresan dentro del canon de lo legible, por lo tanto quedan tan afuera como Zelarrayán o como lo estuvo el primer Calveyra. Por lo demás, la obra de Durand es insoslayable cuando se piensa en la década del 90’ de la Argentina y su poesía tiene –también- un tono entrerriano.

      Un caso similar es el de Jorge Montesino, un entrerriano en la frontera con Paraguay considerado como representante de la vanguardia en ese país,  que ha forjado un lenguaje poético que fusiona la innegable cadencia entrerriana de su tono con el imaginario guaraní-paraguayo (Montesino estaría incluido en la Antología, si no fuera porque ya está muy bien representado en esta Página).

      Pero el tema de la “pertenencia”  nos desviaría de este prólogo que sólo intenta  ofrecer  al lector un enfoque no académico sobre nuestras letras. Tendríamos que hablar de la identidad; de si tenemos o tuvimos alguna vez una identidad. De lo que significa ser argentino o entrerriano. Y por extensión, de cómo influyó la dictadura sobre el autismo de muchos escritores. Cierro las digresiones y agrego: los poemas fueron elegidos primero por su calidad  y después por el lugar de nacimiento o residencia de los autores. El presente panorama no representa ningún movimiento colectivo; cada obra responde por sí misma y posee sus propias singularidades. 

      En la mayoría de los textos predomina el registro coloquial por encima del literario. Cuando digo “coloquial”, me refiero en sentido amplio a la reproducción de los ritmos del habla; aún cuando destaco que no se trata de una mera transcripción de modismos populares; sino de una recreación artística; son voces alejadas de la banalización, del espectáculo y de los efectismos.  Cuando digo “literario” aludo a las convenciones poéticas:  La cadencia métrica, las imágenes cristalizadas y un lenguaje excelso;  es decir lo que asociamos con “alta” literatura, por oposición a la “baja”, que incorpora el “ruido” de la época, en contraste con la “armonía” de los clásicos (1), para dar testimonio de un mundo fragmentado, de la velocidad de las cosas y de una naturaleza que para muchos ya dejó de ser pasaje hacia  “la otra orilla”, correspondencia entre el interior y el exterior como sucedía en la poesía de Juan L. Ortiz  y sólo remite al agotamiento de sí misma,  vacío o nostalgia. La realidad crea una nueva percepción y las formas cambian. Es lo que justifica históricamente las vanguardias, más allá de sus resultados artísticos.  Así, el tono conversacional, la descripción, el prosaísmo y la imagen son los centros de irradiación de esta nueva poesía, que también abarca una relectura de la tradición lírica entrerriana.

      No son escritores improvisados; elaboran sus composiciones. Tienen conciencia del lenguaje,  sus materiales y estrategias. Afinaron su voz.  Crearon su propio espacio dentro del texto. Casi todos establecen una genealogía particular de creadores que influye en sus escrituras y el resto aparenta no llevar ninguna mochila en sus espaldas. Pueden inscribirse en corrientes diversas: del objetivismo al hiperrealismo;  del neo romanticismo al minimalismo; no clausuran la exégesis, sólo marcan una posible orientación del material.  El análisis basado en la estética sólo es una de las vías de acceso a las obras literarias. Por más objetividad que uno se proponga, la lectura nunca deja de ser arbitraria,  parcial y subjetiva; sin embargo, esperemos que las siguientes glosas funcionen como una introducción a las poéticas.

      Bernardo Uchitel es uno de los primeros poetas entrerrianos que se apartó de la retórica del neo romanticismo de la generación del 40’  y recreó la provincia desde otro lugar.  Uchitel miró a fondo el paisaje. El cielo abierto,  los vientos y animales sobre las cuchillas entrerrianas están adentro de sus poemas. Aunque, frente al regionalismo y al canto solemne o celebratorio, elige un tono bajo, potentes imágenes y descripciones precisas, que condensan el discurso en la frontera del silencio.  La transparencia es otro de los atributos de su estilo. Uchitel establece un diálogo fecundo con la poesía americana que inauguró William Carlos Williams, con el viejo haikú japonés y, más directamente, con Ortiz, a quien frecuentaba junto al poeta Hugo Gola. Su obra trasciende los límites de la antología; sin embargo sólo ha sido leída por unos pocos privilegiados. 

      Archimboldo visita el supermercado a través del inventario de frutas, carnes y verduras de Graciela Gianetti,  quien desplaza los objetos de sus referentes habituales hacia un tejido fantástico de “historias” y personajes exóticos y  se arriesga con el uso de metáforas, que a la postre resultan novedosas.  Hugo Luna y Stella Maris Ponce  oscilan entre una poesía de la percepción  -a partir de objetos significativos- y una poesía del ser  -que ausculta en la interioridad del yo-. Luna se vale de figuras despojadas para hablar del fin de las relaciones, de la soledad y  gratuidad de la escritura; Ponce recurre a un  lirismo intimista para celebrar la epifanía de algunos rituales, alterna  símbolos clásicos con un imaginario moderno. María Elena Barbieri  retoma una lírica que reivindica una conducta cívica y amorosa desde  referentes culturales y recursos propios de cierta poesía latinoamericana.

      Daniel Durand  recrea la autobiografía narrada en “Segovia”; allí el poema se convierte en campo de experimentación permanente, en una ruptura de convenciones sociales y literarias.  Conviven personajes imaginarios con familiares y amigos, que aparecen a través de una voz que narra o describe los sucesos cotidianos en tercera persona o bien involucrándose con un “yo” autoreferencial y bardero. Es decir, la mezcla de la alta con la baja literatura; de la lengua literaria escrita con la oralidad y de múltiples registros lingüísticos, que van de lo culto a lo vulgar o procaz; del habla neutra, a la porteña y entrerriana. Ese poema faro de los 90’ es un buen ejemplo de cómo opera su poética, pero no el único. Durand es un creador de  formatos o maquetas que aplica en cada uno de sus libros, lo que le ha permitido generar epígonos (jóvenes vates) y circular en ambientes disímiles. No obstante, esa atención centrada en los procedimientos formales, no impide la marca  extremadamente vital de su escritura. El texto genera su propia realidad y su propia forma; de ahí el carácter ficcional que la crítica ha visto en su obra. Durand ha absorbido todas las estéticas pero no profesa ninguna en particular: la paradoja es una de sus figuras preferidas.

      Damián Ríos,  en La Pasión del novelista (cuyo título remite al Saer de El arte de narrar),  incorpora personajes familiares y episodios de la infancia en un tono intimista y emotivo, pero moderado,  atento a los detalles y a las imágenes que traman sólidamente el relato y recuperan el pasado provinciano no desde la nostalgia, sino desde la experiencia  adulta. Los narradores, Fernando Belottini y Selva Almada,  aportan al cruce de géneros,  entre la poesía y la prosa.  Belottini ahonda en el proceso de la escritura en sí o en la palabra como prueba de la existencia de las cosas, a través de símbolos,  juegos fonéticos y cierto aire cortazariano; Almada compone personajes que usa como máscaras, en un registro irónico y kitsch de lo cotidiano; también se presenta por medio de un “yo confesional”,  con una reverberación de escenas fijadas en el pasado.

      La exposición directa de la experiencia también caracteriza a Horacio Lapunzina, pero como sujeto lírico: reescribe el canto de un imaginario  tradicional; contrariamente, Fernando Callero no canta, sino que cuenta y describe minuciosas escenas del paisaje, objetos y seres emblemáticos, con trazos desprejuiciados y humorísticos. Con una mirada naïve  y de acento femenino, Marita Balla reflexiona sobre la poesía y el amor heterosexual, con el pueblo como telón de fondo;  Claudia Sosa realiza una original relectura de los mitos y las metamorfosis, a partir de pequeños insectos y animales (incluido el hombre)  dentro de una naturaleza animada. 

      Luego vienen las generaciones más jóvenes.   Martín Carlomagno exhibe un lirismo intimista como tono dominante: registra desde el presente los  momentos luminosos de su historia personal;  Leonardo Köstner practica una suerte de poesía cósmica,  que tiende a  conciliar los tres reinos: humano, vegetal y animal, con figuras alegóricas;  una lírica que va de lo amoroso a la poesía de la poesía distingue la voz de Tamara Demiryi.

      Hay pocos casos de escritores intuitivos natos, uno de ellos es Julián Bejarano, que despliega una gran inventiva,  trabaja con el paisaje y  con una primera persona que cuenta lo que ve o lo que piensa;  Ariel Delgado, en cambio,  se apoya en  las anécdotas cotidianas y  algunas figuras que  sobrevuelan lo autoreferencial.

      Las palabras de estos poetas parecen recién nacidas, como si reinventaran la literatura entrerriana, a partir de otros cauces. Los lectores podrán descubrir por primera vez un material muy variado en diálogo entre sí. Les dejo la tarea de encontrar los desvíos, las resonancias o filiaciones correspondientes.      

          

(1) Conceptos de la escritora argentina Ana María Porrúa, en “Simetrías y asimetrías: La voz en la poesía”, artículo publicado en la Revista Punto de Vista, Noviembre/Diciembre, 2007.