Un peine sobre la mesa de mármol
Un peine. El peine de cada mañana. El peine que yace sobre la mesada fría del baño. Pelos entre los dientes del peine. Delgadas hebras castañas que se funden en el marrón de carey. Entrelazadas, enmarañadas recorren un improvisado laberinto. Partes de mí en ese peine quieto apoyado al descuido sobre el borde de la mesa blanca. Me peino con las manos. Mis dedos son de carey y viajan desde la raíz hasta la punta como quien atraviesa absorto un camino conocido en busca de alguna respuesta. El pelo cae sobre mis hombros. Cae sobre mí. Llueve sobre mí. Sobre mis párpados. Sobre mis pestañas. Y permanece con la indiferencia que sólo puede experimentar una parte unida al todo por una extraña e íntima conformidad. Una parte habituada a la pertenencia, a la docilidad de la pertenencia. Acaso no tengamos conciencia del pelo como no saben las aves de sus plumas. La levedad de un pelo sobre la piel. Con una nitidez de escamas superpuestas. Con el brillo que da a la mansedumbre el movimiento incipiente. (Un anhelo de viento entre las relucientes crines) Sale de mí una parte y cae como una hoja habituada al viaje de las estaciones. (Otoño: reunión de las partes dispersas sobre la tierra) Cabellos sobre mi espalda húmeda tan ajenos al espejo donde duplican su intimidad. Y el peine. Ese peine marrón de carey con puntas indecisas sobre la mesa de mármol blanco con grietas para recordarme que algo de mí anda solo por ahí perdiéndose.De Aire de blues
De Rituales de la noche, Ediciones Ríos al mar, 2002