Sin título II
Porque el invierno no era la llave
ni el pasadizo por el que me deslizaba al sueño;
ese territorio fértil y vegetal
ese remanso donde el nombre flotaba
provocándome este insomnio:
costras de frío en los ojos,
este tiritar de improviso en la boca
al llamarte en silencio por tu nombre.
Porque la sentida y ajetreada ciudad
vista por mí
no era del torbellino metálico y rojizo
en el centro de las intersecciones
en las avenidas,
ni de los murmullos en altavoz
de todos los ciegos
venciendo la última hora de trabajo
murmurando sus frustraciones diarias,
ni de los segundos picoteados
de navajas y cuchillos:
dagas certeras sobre cada segundo abolido
que exterminaba al tiempo
a espaldas nuestras;
pero siendo si, hecha
de una forma fatal y ciclónica
con el temblor de verte en todos los nombres
en todos los bancos
en todos los pórticos de las casas
sabiéndome de antemano el gesto
de levantar los ojos y los brazos
y exclamar al cielo
reclamando un fragmento de tu nombre
una fracción de su fragancia.
Porque el invierno era esto
que traigo adherido en los labios:
una blancura cadenciosa
una sal solitaria y quebrada
un exterminio de palabra
que voy resumiendo con sombras
en el más quieto silencio
en el laberinto de una duda
con una fiebre vaga y añeja.
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