Constitución poética I
Enarbolar la bandera de la Masa 
omitir el abismo  
sucumbir a la fata morgana de la calle  
abotonarse el overall de la Sumisión  
marchar al son de las trompetas de la Entropía 
abandonar la carne a la inercia del Tedio  
ahogar al Espíritu con la gimnasia del trabajo  
encerrar los gestos en la casa de los espejos  
castigar el brote perverso de la Inocencia  
la ácida pululación del sinsentido  
la monstruosidad del deseo hecho poesía  
celebrar el pudor del Kapital ante la orgía de la Pereza  
amordazar la vertiginosa sonrisa de Afrodita  
huir, infatigablemente huir, de los cuchillos 
que lanza la música de New York  
construir la Ciudad de Dios sobre Tacumbú  
utilizar verdugos como imágenes sagradas  
sustituir la superstición de la escuela 
por las iluminaciones del electroshock  
veranear en las playas del masoquismo chic  
prohibir el intempestivo sueño de los niños, 
la desgracia cotidiana de la oscuridad, 
el ultraje divino de las púberes... 
la muerte, que alborota la cobardía de los hombres.