Constitución poética II
Que las lágrimas pequeñas del limón bañen el cuerpo, 
la tristeza seca y peluda del cuerpo; que planten en su territorio 
escondidos oasis llenos de una amargura ínfima y sagrada; 
que incendien con un fuego reptante los panales 
donde se acumula el dolor; que su música tórpida y picante 
ruede polvo y carne abajo como una aurora 
que, más que iluminar, cortara; que su apocalipsis cítrico 
haga palidecer o retraerse hasta la pleitesía amarilla, 
a la serpiente encendida que lo agita.