2. plazas, parques, jardines y museos
Te cambio una cerveza, un whisky,
por ciertas palabras en tu oído.
Te cambio una rápida cena
por mis jadeos y los tuyos.
Te cambio lo que quieras
por unos cuantos billetes
y el gusto de sentirme importante
y el gusto de sentirte deseado.
Te cambio lo que quieras
con tal de que, digamos, te encariñes,
y, por así decir, conmigo.
Las sábanas se han de entibiar por costumbre,
y yo no soy yo,
así es que no hay peligro.
Prestame tu cuerpo,
dejame que lo adore,
puedo contarte en la sombra, ocultos,
cuál es tu verdadero nombre,
puedo enseñarte los secretos
y mostrarte tu divinidad:
pasajera, sí, pero absoluta.
Prestame tu sexo mientras te encomiendo mi alma,
fina piel temblorosa,
perfumada, contráctil.
Dejame que me transforme en tu dorada presencia
aunque tengas piel oscura y uñas rotas
que rápidas caricias
engañen esta endurecida soledad,
y mi poca nada acechante entre las estatuas
florezca enraizada en la complicada vergüenza
de sostener esta carne
quemante
(...)
una ruta más, no buscada, no elegida,
larga culebra de tráfico pesado
si no calma completa y pura velocidad
sólo el viento te advierte que estás vivo
adherido a pegajosa lengua de asfalto caliente
que se alarga por lamer un sol rojizo y polvoriento
moscas mecánicas arrastrándose atrapadas
por celosía de nubes en el horizonte:
visión distorsionada por ondas de calor,
grotesca aparición, deslumbramiento
porque curvas desembocan más atrás, en sí mismas, nada
escaleras de Escher
cinta de Möbius
todo lo que es tiene un solo lado, te muestra
superficie y posible dirección
y el combustible se acaba en el último tramo
justo antes del gran cartel
suprema instrucción para los viajantes hacia el fondo:
retórica paraliteraria
|