ABUELO INDIO

No creas que me avergüenzo de tus pómulos,
de la dura talla de tu boca.
Tus manos me vienen a los labios
olorosas de tanino fresco;
entonces, tu sonrisa se abría de mi nombre
y olía a pino cuando pronunciabas "nieto".
Porque eras carpintero, pero no de cualquier modo
de tu mano junto al mueble se crecía
el escultórico perfil de la guitarra
y al pulsar sus resonancias
era tu propio corazón el que sonaba.
En las pulidas noches del verano
tus manos de escoplo tallaban la morosa cadencia
de la zamba; yo era, entonces, un pájaro sin dueño
que en el cuenco sonoro de tus manos
volvía por tu piel hacia la raza.
Y ya eras entonces, abuelo guitarrero;
pero no de cualquier modo; era fácil escucharte
y entender tu linaje de cielo abierto y pampa.
Por eso, no me avergüenzo de tus pómulos,
de tu memoria americana, y aquí te nombro otra vez,
abuelo indio, mirándome en tu piel que no descansa,
historia de un taller en que buscaba
la tesitura aluvional que nos signaba.
Y qué fácil entender tu sangre absorta
Cuando asciende por mi sangre tu guitarra.