VI
Se decían así: las chicas fiorucci era la época de Alfonsín, eran el resabio sanguíneo adulterado de dos generaciones caídas o de pie, no era tan visible: eran chicas argentinas. una usaba condón como loca, poseída. La otra es menester decirlo sin tapujos, también. Una hablaba un italiano carcomido por la idiotez: tutto bene, bene tutto y pasta cuccinatta raviol, también decían raviol y era una jerga y era una jerga en la que entrábamos todos y no se escapaba nadie como en la bolsa de los gatos. Una de las fiorucci se llamaba Clelia y a pesar de eso era moderna y amorosa. La otra se llamaba Delia y a pesar de eso la quise sin tapujos, poseído, mirando el sol, cerrando los ojos. Había un chico que se llamaba trapo, le decían trapo y era un sordomudo al que todos deseaban porque las chicas fiorucci eran las que dictaminaban los cánones del deseo en el barrio. Hasta yo deseé a trapo con una locura que hoy no reconozco. Había otro que hacía bromas estupendas se hacía prender porros por los canas y nosotros lo esperábamos en un banco de la plaza y él era amigo nuestro porque tenía esa gracia o alguna otra que ya no supe nunca porque mi chica fiorucci me dejó o nunca me tuvo o pasó el tiempo y no sé dónde se fue o dónde está. A veces cuesta despegar los ojos, ver que Delia era un sobrenombre, verla sobre un hombre o no verla y no verla y no verla. Otro muchacho se llamaba Raúl pero, qué curioso, he olvidado su gracia.