Introducción

      El hebreo es un idioma que fue siempre escrito, aunque no siempre se habló. Durante la diáspora, el pueblo judío siguió creando una literatura en ese idioma, especialmente en todo aquello que tuviera que ver con el culto, ampliándolo constantemente, aunque no siempre lo hablara o utilizara como lengua de comunicación diaria. Sólo desde fines del siglo XIX se comenzó a hablar nuevamente como un idioma diario, y se comenzó a vivir lo cotidiano en hebreo. Este hecho transformó de inmediato el carácter de la creación literaria en esta lengua, en especial la creación poética.

      Surge una poesía viva en un idioma vivo, creación de una lengua que deja de ser sagrada, que sirve sólo a la plegaria o a la meditación, para convertirse en un instrumento que expresa amor y alegría, da lugar a la angustia y a la preocupación diaria. El paso de Bialik (considerado el iniciador de la poesía hebrea moderna) a poetas como David Avidán que se dirige en hebreo a los ordenadores y computadoras, es un paso cualitativo. Y entre ambos, encontramos una pléyade de poetas que merecen figurar entre los más destacados del mundo e integrar una antología de la poesía universal, entre ellos Lea Goldberg, Natán Alterman, Abraham Shlonsky, Aba Kovner, Natan Zaj y Yehuda Amijai, todos de Israel. Aunque la poesía hebrea cuenta con algunos cultores en la diáspora: En los Estados Unidos Gabriel Preil y Zalman Shneur, y en Inglaterra Israel Zangwill, su desarrollo es en Israel y en su gran mayoría expresa un retorno a la tierra, una vuelta a Eretz Israel, un regreso a la normalidad, poner fin a la diáspora, al galut*. Digan o no "nosotros" y caigan en los laberintos del "yo" y en un estado de desesperación, y se olviden en su intimidad de la tarea nacional, en lo más recóndito, en algún detalle particular, se trata siempre de una poesía que busca la normalización, que quiere entrar en la historia, ser un comienzo protagónico, ser una génesis histórica.
Toda antología es una creación subjetiva que depende del recopilador de la obra de los otros y de la forma en que es impresionado por ellos; eso no quiere decir que quien no figure en alguna antología carezca de valor literario, sino solamente que no logró impresionar lo suficiente al antólogo, que por ello se excusa.

      Desde Bialik a Dan Paguis, pasando por Alexander Penn, Amijai, Guilboa y Yona Wolaj, desfilan por la poesía hebrea contemporánea todas las escuelas, todas las tendencias. La creación poética está impregnada de la Biblia, del Talmud, pero también incluye influencias del yidish y de la entonación sefardita, de la poesía erótica escrita en la Edad Media y del lenguaje Cabalístico. La inspiran también los hechos judíos de la historia reciente: Sionismo, Holocausto, Israel.

      En la nueva Poesía Hebrea coinciden en forma dramática Oriente y Occidente. Ya el Comité de la Lengua Hebrea, fundado en Jerusalem en 1890, al supervisar el desarrollo del idioma hebreo, decidió preservar las cualidades orientales del lenguaje, aceptando como correcta la pronunciación sefardita, cosa que crearía problemas a poetas como Bialik. El hebreo, tentación de la Hascalá (iluminismo judío) se transformó en el viejo nuevo hogar lingüístico del judío, un hogar propio, donde confluyen Oriente y Occidente; lo sacro y lo secular; lo tradicional y lo moderno; Job o el Cantar de los Cantares toman un significado distinto. La tentación pagana, la Canaanita, le da un sentido diferente a la Jerusalem de los Salmos. La gran revolución judía está en marcha.

      Tanto la poesía anterior a la creación del Estado de Israel como la posterior, cuenta con elementos épicos, heroicos; con poetas combatientes, que conocen la poesía mundial. Es difícil comprender a Natan Zaj o a Yehuda Amijai si no se conoce a Eliot, o a Jaim Guri, sin la poesía francesa. Mas esta integración al lenguaje contemporáneo y universal está unida al esfuerzo de expresar lo que hay de particular en la aventura judía actual. Los poetas israelíes, al escribir en hebreo, debieron traducir los motivos de la literatura universal a su propio idioma, pero, al mismo tiempo destacar todo lo que hay de especial e intraducible en su propia experiencia vital: el reencuentro de la vieja lengua en una situación nueva. Cada poeta, al escribir en hebreo, es otro Eliezer Ben Yehuda que readapta el idioma al horizonte contemporáneo.

      En qué medida esta nueva poesía es judía y al mismo tiempo israelí, constituye un problema que preocupa a los críticos. A veces, los poetas usan al referirse a la tradición un idioma irónico, como Natán Zaj, o un lenguaje coloquial, como Amijai, a fin de expresar el cambio. Avner Trainin, químico de profesión, busca lo conciso y lo lacónico, como le corresponde a un hombre de ciencias. La influencia del lenguaje de la calle se neutraliza por las preguntas de orden teológico, como un Pinjás Sadé, que escribe también buena prosa, o por la preocupación filosófica y la meditación sobre lo temporal.

      El mundo fragmentado de Dalia Ravicovich o de T. Carmi nos muestra poetas realizados, insertos en la contemporaneidad, donde la poesía se vuelve sobre sí y expresa no sólo su realidad, como en el caso de los poetas que escribieron en la etapa pre estatal sino su posible superficialidad. La interrogante que se planteara Rimbaud sobre el futuro de la poesía está presente en el lenguaje cargado de silencio de los mencionados Ravicovich o Carmi.

      El lector en lengua española quedará gratamente sorprendido por la gran riqueza y variedad temática de la poesía hebrea contemporánea, su pluralidad y sobre todo su intensidad. No hay necesidad de presentar los distintos períodos: las generaciones que escribieron antes del establecimiento del Estado, la generación del Palmaj y los poetas que comenzaron a escribir en la época estatal. Ni hay necesidad de destacar los temas recurrentes: el Holocausto, la guerra, Jerusalem, el kibutz, la ciudad, la evocación histórica, la necesidad de paz, la plegaria laica.

      Más de una vez el lector encontrará coincidencias con la creación literaria de su propia lengua, similitudes o familiaridades. En todo lugar el hombre vive esencialmente los mismos problemas y la necesidad de sublimarse por medios poéticos encuentra canales semejantes.
      
      La traducción no es siempre el reflejo exacto del original, es una interpretación que para mantener el espíritu del original debe cambiar un poco la forma, especialmente cuando se trata de transmitir en español el sentimiento hebreo. A través de las palabras escritas, el lector debe imaginar el original, la pureza y la dulzura del hebreo, idioma que en la actualidad es un instrumento de uso diario para transmitir emociones y alegrías. Basta recorrer esta antología para descubrir que el índice de inmortalidad de la literatura hebrea es bastante elevado. En un país que es crisol de diásporas, donde una parte importante de la población tiene más de una lengua madre, que el hebreo sea un idioma adquirido, le da más valor a esta literatura, especialmente si se revisa la cantidad y calidad de sus poetas, que de por sí es un dato impresionante e indiscutible sobre su originalidad y fuentes de inspiración, que la hacen una de las más fructíferas de este siglo.

Desearía que el lector imparcial encuentre en esta obra fuente de inspiración y le sirva de principio para recorrer eso que se llama la poesía hebrea.

* Diáspora en hebreo

Arie Comey
Miembro correspondiente de la
Academia de la Lengua de Chile