CANTOS A MI TIERRA QUE AMO

A
Patria mía, tierra bella y pobre,
la reina no tiene casa y el rey no tiene corona.
y siete días de primavera en el año
y viento y lluvia todos los demás.

Mas en los siete días florecen las rosas,
en los siete días brillan los rocíos,
y en los siete días las ventanas están abiertas,
y todos los mendigos están en la calle
y muestran su palidez a la buena luz,
y todos los mendigos se regocijan.

Patria mía, tierra bella y pobre,
la reina no tiene casa y el rey no tiene corona,
sólo siete días de fiesta en el año,
trabajo y esfuerzo en todos los demás.

Mas siete días bendicen los cirios,
y siete días las mesas servidas,
y siete días los corazones abiertos,
y todos los mendigos están de plegaria,
e hijos e hijas, novios y desposadas,
y todos tus mendigos como hermanos.

Desdichada mía, pobre y amarga,
el rey no tiene casa y la reina no tiene corona, 
sólo una vez habló el mundo en tu favor, 
oprobio y vergüenza, todas las demás.

Andaré por caminos y esquinas,
por mercados, patios, callejones y parques.
De la destrucción de tus muros, cada guijarro 
juntaré y cuidaré como recuerdo.

y de ciudad en ciudad, de país en país,
vagaré con mi canto y caja de música
para contar tu pobreza radiante.
B
En la tierra que amo florece el almendro, 
en la tierra que amo aguardan al huésped,
siete doncellas,
siete madres,
siete novias a la puerta.

En la tierra que amo llamea sobre la torre un pendón. 
A la tierra que amo vendrá el peregrino
en buena hora,
en la hora bendita,
en la hora que hace olvidar el dolor.
Mas quien mis ojos de águila vean 
y cuyo sabio corazón reconozca,
no me engañaré con él,
no erraré con él.
¿Quién le abrirá la puerta?

Yo duermo y mi corazón vela;
por delante de mi puerta pasa el huésped.
Amanece, es la luz,
y en el patio
Una piedra rueda.
C
En la tierra pobre que amo
aún la luna en el cielo
está como un pobre a la puerta, 
encorvada, temerosa y pálida.

Las nubes hechas jirones
vienen de todos los ámbitos del cielo, 
precipitadas, piadosas y humildes,
a cubrir su pobre vergüenza.

A la mañana sale el sol,
dorado como las hojas muertas 
y a la entrada del callejón yace
el gallo de oro degollado.