POEMA DE PRESAGIOS
Esta noche graznó un ave amargamente como si hubieran venido a llevarle el alma. Esta noche se te cayó el espejo de la mano, esta noche se te rasgó el vestido en jirones de duelo y te sentaste apresuradamente a coserlo y salpicó de pronto la sangre en la aguja. No prestes atención a los presagios, que no prenda el temor en tus ojos, para que anuncien el bien los presagios, para que la alegría llame a las puertas, que no es para ti, sino para tus opresores. Hija mía, si aúllan los perros en la ciudad presagian el paso de un ángel por la ciudad. Hija mía, si un ángel recorre la ciudad, señal que habrá duelo en la ciudad. Brillen los ojos, hija, y los cielos luzcan, hija, y que pasen los años, hija, y que se les recuerde, hija, y se vean las grandes señales, y que no anuncien en falso los presagios, y se alegren los pobres y los humildes, ya que la alegría llama a las puertas. Me apena, apena tu abatido espíritu, es como si hubieran venido a llevarme el alma. No tengo fantasías, no despido resplandores, tuve una pesadilla en el fondo del cubil, y al despertarme me iluminó tu triste sonrisa, y en tu mano, salpicada de sangre la aguja. Revelador es el idioma del presagio, está frente a mis ojos y los tuyos. No anuncian bondades los presagios. La alegría no se presenta a las puertas, que no es para ti, sino para tus opresores. Hija mía, si aúllan perros en la ciudad, presagian el paso de un ángel por la ciudad. Hija mía, si un ángel recorre la ciudad, presagia que gente como tú morirá en la ciudad. Que tus hombros estén prestos, hija, que falta mucho todavía, hija, y hasta el final no perdonarán, hija, y ha de venir un presagio, el último, hija; Nuestra copa has de beber hasta agotarla, es nuestro destino sobrellevar los presagios. ¡Única mía, sé fuerte! La alegría no llama a nuestra puerta.