FRENTE A LA ESTATUA DE APOLO

He venido hasta ti, Dios olvidado por el tiempo.
Dios de siglos y otras épocas,
gobernante de masas de jóvenes mortales
¡Que despliegan su vigor con el ímpetu de la juventud!
Dios de una generación de gigantes y colosos sobre la tierra.
Conquistador con su brazo de los ámbitos superiores
para residencia de sus hijos, héroes coronados
con diademas de laurel en su altiva frente,
subyugador de los dioses y parecido a ellos.
Dador de nuevas bases en las deliberaciones de los gobernantes del mundo,
generación de Dios sobre la tierra, embriagado por la profusión de la vida.
Extraño a un pueblo enfermo y de las casas de sus dolientes. Dios juvenil, excelso, lozano, radiante en su belleza,
avasallador del sol y de los misterios de la vida
en la bruma de los poemas y en la intimidad de sus matices,
en el mar de las melodías y sus miles de tonos.
Dios de la alegría de vivir, en toda su magnificencia y majestad,
de su vigor y secretas imágenes en todos sus aspectos.
Me presento ante ti: ¿Me reconoces acaso?
¡Soy el judío y tenemos un litigio de siglos!...
Desde los océanos hasta los continentes
nos separa un abismo que se abre
y cubre con el estruendo de las muchedumbres.
La distancia entre el cielo y la tierra no es bastante
para cerrar la brecha que separa de ti
la ley de mis antepasados, de la religión de tus admiradores.
¡Tú que me observas! Mira hasta donde he llegado
alejándome más que todos aquellos que vivieron antes de mí
hasta ahora, de la senda que pisa el mortal.
Yo soy el primero de aquellos que vuelve a ti,
en un momento de lucidez, después de una agonía de generaciones,
rompiendo las cadenas del alma,
de mi alma viva extasiada en la tierra.
¡Viejo el pueblo – su Dios envejeció con él!
Sentimientos adormecidos en el interior de los desdichados,
reviven después de un encierro de cien generaciones.
¡La luz del Señor! Clama en cada uno de mis miembros.
¡Vigor, sí, vigor! ¡A cada hueso, a cada músculo!
¡Luz del Señor y vida!
Y heme aquí,
hasta ti he venido, frente a tu estatua me inclino,
tu estatua es símbolo de la luminosidad de la vida.
Me inclino, me arrodillo ante lo mejor y lo más sublime,
ante lo que ha dado vuelta al mundo entero,
ante lo más excelso de la creación,
ante lo más elevado de los secretos del universo.
Me inclino ante todas las formas del placer, que saqueó
una carroña humana y simiente podrida del hombre,
que atentó en contra de la vida en la fortaleza del Todopoderoso,
el Dios prodigioso del desierto,
el Dios tempestuoso, conquistador de Canaán –
al que aprisionaron más tarde con las correas de las filacterias.