BAJO EL ARADO

Las nieves se han derretido nuevamente allá
y los asesinos se han transformado en labradores.
Han salido a cultivar el campo, ese campo
que es camposanto de mi gente.
Al paso del arado han quedado al descubierto
sobre el surco
los restos de uno de los míos.
El labrador continúa como si nada hubiera pasado,
ni se sobresalta.
Sonríe, lo ha reconocido...
ha visto las señales de su instrumento.

La primavera ha vuelto a resplandecer:
brotes, flores, el piar de las aves,
los rebaños, pastando junto al arroyo
de aguas claras y transparentes.

Ya no se pasean judíos con sus barbas y aladares,
no se los ve por las posadas con sus taledes
y los flecos fuera del pantalón,
ya no venden en sus baratillos ropa o comestibles,
ya no trabajan en sus talleres ni tampoco en los trenes, 
ya no pasean por los mercados ni están en la sinagoga, 
el arado del gentil está pasando sobre ellos.

El Señor con gran parsimonia visitó a los gentiles,
la primavera es primavera
y el verano después, ha de ser feraz.
Los árboles, a la vera del camino están frondosos,
como si estuvieran en un jardín.
La fruta nunca estuvo tan sabrosa como ahora
que no hay judíos.

Los judíos no tenían campanarios para invocar a Dios. 
Benditos los gentiles, cuyos campanarios son altos. 
Ahora, que es primavera,
su tañido se difunde por el llano,
solemne se diluye por el vasto paisaje
lleno de luz y de aromas,
con su ceremonial lo domina todo:
no hay lugar por el que no se escuche su eco
que como antaño pasaba
por sobre los tejados judíos...

Benditos sean los gentiles
que tienen campanarios altos
para glorificar a Dios
que vela por ellos todos...

Los judíos están bajo la reja del arado
o bajo el pasto de los prados
o enterrados en el bosque
o a la vera del camino,
en las riberas del arroyo
o en su seno.