EN MI CUMPLEAÑOS
Treinta y dos veces he sido dado a luz y cada vez con menos dolor para mi madre, menos para los demás, más para mí mismo. Treinta y dos veces me vestí con el mundo y aún no me sienta. Me aprieta, no como un abrigo que se adapta al contorno del cuerpo y que es cómodo y que se desgasta. Treinta y dos veces hice la cuenta sin encontrar el error, comencé el relato y no me lo dejaron terminar. Treinta y dos años cargo las virtudes de mi padre, gran parte han quedado a lo largo del camino Para aliviar el peso. Y en mi boca la hierba. Y reflexiono, y una viga entre mis ojos, para que no pueda arrancármela, comenzó a echar retoños en primavera. Mis hechos disminuyen, y continúan disminuyendo. Pero las glosas crecieron en torno, y como el Talmud se hicieron de difíciles, en el centro de la página, con Rashi y los exégetas cercándolo por todas partes. Y ahora, después de treinta y dos veces, después de treinta y dos años, sigo siendo la fábula y no la moraleja. De pie y de frente, descubierto a ojos enemigos, sujetando viejos mapas en mis manos, resistiendo la adversidad que crece entre las torres, estoy solo, sin ayuda, en medio de un enorme descampado.