LLAMADO A LA ORACIÓN
En una noche invernal el simplón del pueblo se inclinó sobre el rabino muerto, que yacía en un charco de sangre; le meció la barba desgreñada, le hizo cosquillas en el talón y de pronto, enardecido, comenzó asaltarle encima y darle de patadas en el vientre y la espalda. ¡Arriba! Rabino borrachín, ven a la plegaria! El vino le ha amodorrado en medio de una zanja inmunda, la cabeza en descubierto, a la intemperie, entre vómitos y basura. ¿Dónde dejó su solideo? ¿y los zapatos? ¡oh! ¡ay, ojos que esto ven! Igual que Noé, tumbado boca arriba, sin vergüenza ni pudor. ¡A rezar! ven, no te escapes ¿No puedes? apóyate en mi brazo. Te llevaré a la sinagoga, te guste o no y te sentaré sobre excremento humano entre las columnas rotas del púlpito. Colgaron un perro muerto en vez de la lámpara que se balancea. Aunque tengas el gaznate abierto leerás en el libro profanado de la Torá y los lamentos serán oídos por tus hijas violadas y por tu nieto, que yace destripado en una fosa y por el bedel, también muerto, cuyos oídos fueron reventados por los cascos de un corcel.