Pierdo
Todos rostros de una calle ignorada,
donde hiela la risa de tango
su profecía.
Qué mentira labrada en el pecho de piedra,
mi esquina llora sin rastro
en esta escarcha seca.
Deseada con el recuerdo de los pasos
me canso detrás de la ventana
de que el viento no llueva
rojo y resonante,
del terror y el espanto,
de nombrarte.
Me carcome la sombra de los otros:
helada por la soledad de mi estirpe
pierdo el rastro y el rostro;
el aire me abandona y se me vuelve
ladrillo por las venas.
En el exilio de tus intentos
habito todos los desiertos
de la espera.
Para que vuelvas a decir
la memoria.
|