Tren nocturno

La pálida luz de amanecer.
En las puertas de vidrio las impresiones digitales
                     están frías,
y los apenas blancos bordes de las montañas
están quietos como el mercurio.
Los pasajeros aún no se despiertan,
sólo la lamparilla eléctrica late cansadamente.
El nauseabundo olor dulzón del barniz
y el humo indistinto de mi cigarro
atacan ásperamente mi garganta en el tren nocturno.
Cuánto peor ha de ser para ella, esposa de otro
                     hombre.
¿No habremos pasado Yamashina todavía?
Ella abre la válvula de su almohada de aire
y observa cómo se desinfla gradualmente,
y de pronto, en medio de la tristeza,
nos sentimos atraídos el uno por el otro.
Cuando miro por la ventana, próximo ya el amanecer,
en una aldea de montaña, en un lugar desconocido
blancas, empiezan a brotar las aguileñas.