Al Espíritu Santo
de un cementerio abandonado
en Valle SalinasInconmensurable bruma; el desierto valle esparce dorados lechos de ríos como en otros tiempos. Se alzan árboles afinados por la distancia, y detrás de los árboles, las colinas, una pura línea de polvo y sombra, ofrecen su testimonio a nuestra voluntad: nosotros podemos y debemos verlas; allí están, calmas en el engaño. El sol del mediodía devuelve la mente a su lugar verdadero: seca hierba y arena; no encontramos ninguna visión que nos distraiga. Abajo, en el ardor estival, con los nombres de viejas tumbas, se agrupan piedras aquí y allá, sin sentido, y debajo, de igual modo, están los huesos: reliquias de hombres solitarios, brutales y sin meta, irregulares en su vida como ahora. Estos son tus hijos caídos; tú, a quien trato de alcanzar, tú, a quien el ojo esquiva rápido, tú, que eludes mi palabra. Sin embargo, cuando me aparto de los sentidos y te sigo con el pensamiento, entonces te encuentro, intenso, y te conozco como debo. Pero tú sólo eres espíritu, y yo, ay, como puro espíritu estoy encadenado a la carne y a los huesos, y la carne y los huesos están encadenados a la tierra. Estos no tuvieron un pensamiento; a lo más una oscura fe, y la tierra que los cegaba. ¿Dónde está el espectro que los perturbaba? ¿Había un nuevo nacimiento? Sólo una certeza, fuera de tu ojo incorpóreo, fuera del árbol espectral, puedo distinguir: estos hombres mueren. Todo este temblor del tiempo, aunque eluda mi sentido sin saber hacia qué herencia, parece caer silencioso, sin posibilidad de despertar, en la nada.