Retrato en invierno

Hay mucho que decir acerca del retrato pintado
              en invierno,
invierno de la edad, e invierno de !a estación.
La luz de las nubes de nieve no es más fuerte
que la del sol de primavera. Es más clara.
Los colores sostienen sus derechos, las formas
              definen su razón,
los valores no aumentan ni cambian.

El invierno del tiempo ha marcado las sienes y
              el cabello,
ha congelado una pequeña nariz, ha ahuecado
              los ojos,
cincelado una historia final en la boca
ya no más curvada por la perplejidad o la sorpresa.
El invierno llegó demasiado tarde para alterar
              lo que hay allí.

En el cuarto, la tibieza del hogar centellea
contra el vestido fucsia. Debajo de una silla
el perro negro suspira de contento.
Contra una ventana que mira al norte
sopla la barbada cellisca.

Y el pintor, moviéndose de manera sinuosa,
mezcla pensamiento y color, línea y percepción.
Su pincel, instrumento sutilmente afilado,
cae sobre el hueso, o con delicadeza encuentra
su pulso secreto. De la cromática paleta
crea carne y peso, movimiento en equilibrio,
en reposo; forma dominada
por la perspectiva mental.
Eliminado el ambiente de antaño
—el aire suave del verano, o los otoños llenos de
              manzanas—,
en la dispersa luz del invierno,
pinta para un futuro valioso.