El esqueleto
Blanqueando sobre el pasto, el pasto que una vez le diera fuerzas y blando descanso, yace el esqueleto de una bestia. Los secos huesos, encallecidos por la risa del Tiempo me gritan: Tu final, hombre soberbio, es el mismo que el del ganado que ya no pasta; porque cuando el vino de tu vida se haya derramado hasta la última gota, la copa será arrojada con definitiva indiferencia. Hueca es tu burla, Muerte, dije, como respuesta; mi vida no es solamente aquella que paga por su lecho y alimento, al concluir el día, con sus huesos en bancarrota, triste despojo. Mis días mortales jamás podrán contener del todo cuanto pensé y sentí, gané y di, escuché y articulé. ¿Acaso fue para detenerse al fin y para siempre en un confín de huesos amontonados que mi mente traspuso los límites del Tiempo? La carne y la sangre no serán nunca la medida de la verdad que soy yo mismo; los días y los momentos no pueden desgastarla a pesar de sus arremetidas; el polvo, salteador del camino, no se atreve a robarle todos sus bienes. Sabe que ha bebido la miel de lo que no tiene forma en el loto de las formas infinitas. En el seno del sufrimiento hallé el sendero secreto del deleite. En mi ser escuché la voz del eterno silencio. He visto huellas de luz a través del desierto vacío de la oscuridad. Muerte, no acepto de ti que yo sea una gigantesca burla de Dios: la aniquilación construida con toda la riqueza del infinito.