Días finales en Beverly Farms
En Beverly Farms, una majestuosa, incómoda piedra se destacaba en el centro del jardín: un irregular toque japonés. Después de su cóctel de Bourbon, mi padre, bronceado, animado, rubicundo, se tambaleaba como si estuviera de guardia en cubierta debajo de su farol estrellado de seis puntas, regalo de cumpleaños de julio pasado. Sonreía con su oval sonrisa Lowell, vestía su smoking de gabardina crema, y faja azul. Su cabeza era eficiente y pelada, su figura, otra vez a dieta, estaba en buenas condiciones vitales. Mi padre y mi madre se trasladaron a Beverly Farms para estar a dos minutos de camino de la estación y a media hora de tren de los doctores de Boston. No tenían vista al mar, pero los rieles azul celeste del ferrocarril brillaban como una escopeta de dos caños a través del aliento escarlata de fines de agosto, multiplicándose como cáncer en los bordes del jardín. Mi padre había tenido dos ataques a las coronarias. Todavía atesoraba economías secretas, pero su mejor amigo era su pequeño Chevie negro, guardado en el garaje como un novillo sacrificial con cascos dorados, y sin embargo sensacionalmente sobrio, y con menos flecos que una zapatilla de baile. El vendedor local, un "bucanero". había sido sobornado mediante una buena suma para entregar inmediatamente un auto sin cromar. Cada mañana a las ocho y media, distraído y alegre, cargado con sus libros de cálculos y trigonometría, sus recortes con estadísticas de buques, y su regla de calcular de marfil, mi padre se escabullía con su Chevie a holgazanear en el Museo Marítimo de Salem. Llamaba al encargado "el comandante de la Marina Suiza". La muerte de mi padre fue repentina y sin protestas. Su visión todavía era veinte-veinte. Luego de una mañana de ansioso, repetido sonreír, sus últimas palabras a mi madre fueron: "Me siento muy mal".