Navegando hacia casa desde Rapallo
Tu enfermera sólo sabía hablar italiano, pero luego de veinte minutos pude imaginarme tu semana final, y las lágrimas corrieron por mis mejillas... Cuando me embarqué en Italia con el cuerpo de mi madre toda la costa del Golfo di Genova estallaba en una vehemente flor. Los locos amarillos y azulados trineos acuáticos barrenando como martinetes en la estela de burbujeante spumante de nuestro barco, recordaban los estrepitosos colores de mi Ford. Mi madre viajaba en primera clase en la bodega; su ataúd Risorgimento, negro y oro, era como el de Napoleón en los Inválidos... Mientras los pasajeros se tostaban en el Mediterráneo, en las sillas de cubierta, nuestro cementerio familiar en Dunbarton. se extendía debajo de las Montañas Blancas con un tiempo bajo cero. El suelo del cementerio se estaba convirtiendo en piedra, tantas de sus muertes habían ocurrido en pleno invierno. Sombríos y hoscos entre las cegadoras ventiscas, su negro arroyo y los troncos de sus abetos estaban lisos como mástiles. Una cerca de medias lanzas de hierro bordeaba de negro sus lápidas de pizarra, casi todas coloniales. La única alma "antihistórica" que vino a parar allí era mi padre, ahora enterrado debajo de su reciente lonja de mármol de vetas negras sin desgastar. Aun el latín de su divisa de Lowell: Occasionem cognosce, parecía demasiado práctico y agresivo allí, donde el quemante frío iluminaba las inscripciones labradas de los parientes de mi madre; veinte o treinta Winslows y Starks. La escarcha les había otorgado a sus nombres un borde de diamante... En el grandilocuente rótulo sobre el féretro de mi madre, Lowell había sido erróneamente escrito LOVEL. El cadáver estaba envuelto como un panetone en papel de estaño italiano.