EL  ADOLESCENTE
Este dolor
que herrumbra nuestras lágrimas
nunca tendrá sentido para el adolescente
sabiamente cegado por el alba. 

No muere aún.
Él cree que no muere
aunque presienta y goce sin saberlo
señales de ancestral artesanía:
nacer de sí   nacerse   aniquilarse
inventar el adiós
para ese extraño que él será en el vacío
cuando otro ser intacto lo suplante
y reclame los rostros de lo humano.

Pero él no lo sabe.
Sus párpados son lámparas de trébol.
 Mandrágoras de sol
trenzan guirnaldas con su sangre inocente.
¿Por qué ha de saberlo?
Es un ángel que se atreve a existir.
Sus enigmas de pan fundan espigas.
Con pájaros de trigo
sus venas aposentan cataclismos.

Todo le es natural como su sombra
ese jaguar
 que marcha a su costado
sin herirlo jamás.
Todo es tan libre semental desnudo.
Todo
 menos el hueco de las lágrimas
donde se oculta Dios
y lo reclama
desde obsesivas cárceles de origen.

Mientras
la noche crece. Lo contempla.
Lo aguarda en su bellísima morada.