CABALLOS
a mi padre Francisco Antonio Aversa en memoriaYo sólo veía del caballo oscuro el lucero de blanco pelo que le dividía la frente, la crin tusada por la parcial visión, por el hecho de no tener más ojos que para ver esa estrella. Él veía la majestuosa genealogía del pedigree, el pelaje enjoyado por el masaje, el cuidado amoroso, antes y después de la carrera, el paso airoso, la apuesta de la corazonada, la gesta, y lo que yo puedo ver ahora en el remedo, la copia -ex profeso inexacta- que queda en la memoria: el juego por el juego, por la lúdica vida, la vana gloria, la herida siempre enconada del recuerdo. Mi padre. Un pura sangre, un quemante resuello de hazañas y rodadas, un destello de hielo en los claros ojos. Siempre será ese modo lejano de amar. La luna, en un eclipse total, esta noche que la tierra no la deja mirarse en los ojos del sol, es fija de ese amor que me entenebra.