EL BAÑO
a Nora Hall
Lo bañamos juntas. Adjuntadas diría él asociando la limpidez y las manos. Lo bañamos o él se dejó caer en la caricia tibia del jabón. En la piel replegada en los pliegues del cuerpo peso muerto del amor. En lo infuso de la infusión de una gracia de agua lustral. La falacia de un Jordán lustratio. Lustración que purifica ¿qué? Nada más la delicia finalmente hallada en las antes obligadas Furias del aseo: esa pavada social. ¿A qué olemos si no olemos a nosotros? Hubiese dicho pero no dijo nada y se dejó caer en el ligero vaho del vapor de las antes acerbas Sierpes de esa fuente que ya no fueron más. Entonces, él paladeó el instante. Esa ablución sumida del Instante en la pleura de una cavidad límpida de porcelana en la bañadera. Blanca la toalla enjugó su dicha, el placer empero en el antes reniego del placer. Zulema le cortó las uñas de los pies. Recuerdo su cuerpo sumergido en el recuerdo amoroso del agua y sus palabras: Nunca me sentí tan bien, quisiera dormir mucho tiempo Después, acostado en el cuerpo perfumado se ensoñó. Se fue durmiendo en el cuerpo de un sueño pernoctado y limpio de otra noche. Aseado de otro día. El instante en que brilla y muere en una flor rápida ( momento fulminante) (resplandor fulgurante) sobre alguna transparencia de éter la presencia. Todo aquello que cuando cesa se presenta. Brilla para extinguirse y más se vive para extinguirse. Y no.