GUARDERÍA DE VIEJAS

Helas ahí, desandando sus años
hasta la remota niña hallada
en la razón perdida. Miguitas
tiernas o endurecidas, arrojadas
a los pájaros del error. En la locura,
envueltas en un vaho alcanforado, vago
olor a bálsamo del dolor apagado como
el fuego con fuego. En otro cuerpo
que fue bello
entre los brazos del amor. Alzado
para que los pies no pisaran el umbral
de la puerta de la alcoba nupcial (el rito
antiguo del buen augurio). Mi madre
entró doncella y caminando aunque
“blanca patérnica, roja amapola,
radiante esposa”: a su mal. Su estrella
buena se escondió esa noche tras
un biombo de nubes. Ahora
está sentada entre las viejas. Intima,
en el pathos de la luz y la sombra,
habla sola, se pierde en sus palabras,
en su memoria prófuga, deserta. Huye.
Se exilia en el olvido y me abandona
en esta delgada línea.

Yo volvería atrás para encontrarla
entre dos vocales, entre dos o tres sílabas
de la ternura materna. Al comienzo
del viaje de la carne
para albergarme nimia entre sus vísceras