POEMA DE LAS HORAS

“Todas hieren, la última mata”
Inscripción tallada en el cuadrante
de un reloj un reloj medieval

            I

Lazulita la sombra del nogal que teñía
de alhucema la albura de una farfalla rante
que vuela en dos idiomas aún
por el instante -nimio grano de arena-
en la huerta dormida
con la sombra inasible de mi abuelo tendida
sobre la tierra aquella que labró
y está muerta.
Su sombra era una hipérbole de su alma, la rama
cimera del nogal que mi columpio amaba.
La mía era el escorzo de la suya inclinada,
humilde entre legumbres. La sombra
de una hierba. Raro reloj de sol.

Se trata de las horas, dice Benn.

Del tiempo y la batalla
contra el tiempo, perdida
como la mariposa de la siesta apagada.
De la dicha de un día
al que vuelvo ÓMINA FUI. Mi madre
era fragante: la verbena del Ara, LA IRÍDULA
en los ojos duros de la tormenta
que al pasar deja el iris arqueado
y la cascada cuyo vaho
lo imprime
en la seda de sí.

                  Umbra ahora es la sombra
que atraviesa la sombra
de aquel nogal.

      II

Farfalla suena más bello
que mariposa. No pasa
por la penumbra de la palabra oruga.
No encierra en un capullo de crisálida.

      III

Sentadas sobre el pasto
que hace un año era greda,
mi hermana y yo fumamos, sin hablar,
en la fuga
a dos voces del viento
y el nimbo de garúa
caído sobre el nombre de mi madre
en la tierra, al ras
de las raíces, en la pálida piedra
con su nombre grabado. Como sueñan
las novias su nombre en la corteza
desnuda de los pinos, o escritos
en las paredes nupciales de una pieza.

Como sobre la falda de mi madre
enclavadas, las dos, en su regazo de hierbas
somos una
sola y ahumada sombra
que en el escorzo acuna
la blanca mariposa que se torna lavanda
al pasar por la sombra
del nogal de John Shade.

      IV

Quisiera escribir versos, ya no
la pena en punto, ni la oda de cierzo
en el Ara ni el Hades
profundo de mi abismo.

Grabarlos en el aria de Janacek. Quisiera
grabarlos en el aire cimero de las bodas
de aquellos que se amaron y se murieron juntos.