Dormitorio y nadaEspera. Cuando salgo del dormitorio me detengo y vuelvo mi perpleja cabeza de Lázaro. Allí estuve yo donde dormí cien años, sin fumar, ni cambiarme de ropa, sumergido en la negación, sin culpas, aguas abajo, puro bulto fisiológico, montón tan impolítico que, no sé, a lo mejor daba gusto.