Guía de conferencias
Cómo no parpadear de espanto
ante estas crueles invitaciones al conocimiento.
Aquí el anuncio de un señor
que hablará un par de horas sobre la opacidad del universo;
de otro sobre el hígado enfermo
y su relación con algunas calamidades del siglo veinte;
de un profesor que sin duda hará temblar el auditorio
resumiendo sus conclusiones acerca del libre albedrío;
de una señora que no tuvo mejor ocurrencia
que descubrir las utopías en la literatura inglesa;
qué precisas normas para agonizar mejor.
Pero qué amables son, qué irresponsables
para invitarme así públicamente y sin pudor alguno,
qué generosas personas que se ofrecen
para saciar esta sed que padezco y desconozco,
que suponen vaciarme de mi propia oscuridad
y llenarme de cosas tan terribles, respuestas
que no sabría encajar en todo esto.
Aquí debe haber un equivoco tremendo
de naturaleza indescifrable entre nosotros.
Pero igual les agradezco, no puedo concurrir
algo andaría mal, lo lamento,
me aparto, francamente asustado, me reduzco
a la mínima expresión,
estoy en otra parte y no sé cuál:
como esa noche en que caí
hacia mi propia sombra
cuando era tarde para tanto mundo
y las estrellas me recordaron la juventud.