PASTEL DE MANZANA
Baba, Baba, tu Rusia de samovar, tus ojos verdes,
esa mirada perdida en las lejanías, presa de la
furia, del olvido, cautiva del destierro, y esas
manos empuñando las tijeras para hacer el corte
preciso y el pequeño monedero y el mismo delantal
siempre limpio y los alfileres prendidos a la 
comisura de los labios mientras hablabas en voz
baja, mitad en castellano y mitad en yidish. Apenas
comprendía lo que decías pero estaba tu porte
alto,tus brazos fuertes y no tenía miedo en las
noches de aquel hospital de paredes blancas donde
transcurrieron varios días de mi infancia . Un niño
de tres años entre sábanas blancas y enfermeras 
blancas, tosiendo, asombrado de la penumbra
mientras sostenía un oso en los brazos y bajo la 
almohada guardaba las golosinas que no podía comer,
y esa sopa insípida que me servían en un plato
metálico y el pollo sin sabor y el termómetro
bajo las axilas. Pero estaba el postre,
tu pastel de manzana, el manjar del exilio.
Esa torta eran mis juegos , mis amigos , el muro que
me guarecía de la intemperie,mientras esperaba el 
día de mi fuga, dejar de toser , no vestir más ese
camisón blanco y olvidar los azulejos celestes del 
corredor y las caras bondadosas de los médicos con
su rictus de “sólo Dios sabe” y las visitas
complacientes.  Y tenía miedo  de la bruja de La
Bella Durmiente, esa mujer terrible de ojos negros,
rostro verde y uñas largas me acechaba detrás de
cada recoveco, y antes de dormir tenía que bajar
de la cama y espiar en todos los rincones para
asegurarme de su ausencia  -temía combatir con el
dragón-  y entonces yacía en el lecho con mi torta 
de manzana, flacucho, temeroso,esperando el alba
como quien espera confesarse. En tus ojos veía 
los miedos de tierras hostiles, negaciones,
persecuciones y abstenciones  y comprendía que
también para ti el único refugio era ese pastel
de manzana, vieja receta venida al Río de la Plata
desde Kiev, la lejana Rusia,  la madrecita patria.
Un poco de pan, apenas manzana, azúcar negra y 
una horneada.Oh sabores de la infancia , polleras
de aromas, ¿ cómo  vivir sin la cocina , la sopa verde,
el dulce nuestro de cada día, el café con leche, el
té con el terrón de azúcar pegado a la lengua , la 
carne pálida del pollo, las escamas como llovizna
del pescado?; pero ¿cómo seguir sin la astucia

culinaria?.Sí, dejarse llevar por la  lucidez 
de la digestión, la tozudez de los intestinos,
los agridulces jugos gástricos.
Recuerdo la humedad de tu cocina , sus paredes de 
azulejos rosados , su blanca mesada de mármol, la
heladera gorda de la providencia con el motor cuyo
constante ruido parecía un auto yendo a baja
velocidad en un día  de lluvia, la mesa tosca de madera
verde, los platos ajados de loza blanca, los cubiertos
acerados, el vaso alto con naranjada, el pan fresco
partido en rebanadas (nunca el pan negro, 
era para  los mujiks decía mi Baba), la miel amarilla,
la gelatina de pescado grisácea, la mermelada roja,
la manteca blanca y esos tazones gigantes donde uno
perdía la nariz que luego emergía  esmerilada de té con
leche. Ah las hornallas brillando en la penumbra,sus 
débiles  llamas brindando calor, la escuálida  lámpara
colgando del cielo raso, el almanaque de montañas
(¡Que lejos  está el pueblo de tu infancia, la estepa 
rusa, las cúpulas doradas de la iglesia ortodoxa, la
pequeña sinagoga, el río congelado!). Pero también 
está el paisaje de corredores blancos de mi infancia
de hospital poblada  por tu mirada. Y no sabía de 
Dios, no conocía su palabra: Dios era la escupidera
donde orinaba en las madrugadas, o aquellos 
algodones manchados de sangre y esas sábanas
amarilleadas por el sudor y esa pequeña mesita de
luz con su aún más pequeño velador que tú cubrías
con un pañuelo rojo para que me velara el sueño,
y ese techo tan descascarado, tan diferente al  cielo
del patio de la casa. La soledad no tiene edad, Rusia
y aquel hospital son la misma geografía , las bellas 
palabras están ajadas y nuestros ojos  sonámbulos 
desesperan por encontrar un manjar donde
esconderse del vacío que nos reclama.
¿Tendrá mi hijo la suerte de apretar contra el paladar 
en los días del  desasosiego un trozo de torta de 
manzana?, ¿poseerá la seguridad que brinda el sabor
preciso o deambulará buscando una patria, una
cocina donde hallar un aroma que lo descubra?.
Oh Baba, abuela , la mesuzah cuelga de la pared, su voz 
calla, hace mucho que no enciendo los candelabros
y tus copas opalinas ya no lucen sobre manteles
bordados blancos y en mi cumpleaños nadie me trae
un pastel de manzana. Estoy solo, mi mundo es el 
pretérito de un sabor, la nostalgia por la pérdida del manzano. 
En estos días en que las oraciones enmudecen y hay
poco para agradecer, es buena la memoria del paladar,
la gula divina, mirar un plato con torta de manzana
que un niño se devora y luego una mujer se inclina
para llenarlo otra vez.
Pastel de mi carne, pastel de mi saber, ven ,sálvame,
necesito tu invariable corazón azucarado.
¡Qué cerca está el hospital de mi infancia!