UNA NOCHEEl cuarto era pobre y vulgar, oculto en los altos de una taberna equívoca. Desde la ventana se veía la calleja, sucia y estrecha. Desde abajo llegaban las voces de algunos obreros que jugaban a las cartas y que se divertían. Y allí en la cama humilde, ordinaria poseí el cuerpo del amor, poseí los labios voluptuosos y rojos de la embriaguez - rojos de tal embriaguez, que también ahora cuando escribo, ¡después de tantos años!, en mi casa solitaria, me embriago nuevamente.