VIAJE NOCTURNO DE PRÍAMO  (1893)
Dolor y lamento en Ilión. 
                  La tierra 
de Troya en desesperanza amarga y en temor 
al gran Héctor Priámida llora. 

El trueno estridente grave resuena. 
                  Ni un alma 
queda en Troya no doliente, 
que el recuerdo de Héctor olvide.

Mas es vano, inútil 
                  el mucho 
lamento en una ciudad atormentada; 
sordo es el adverso destino. 

Detestando Príamo lo inútil, 
                  oro
saca del tesoro; agrega marmitas, 
tapices, y mantos; y también 
túnicas, trípodes, una cantidad espléndida 
                  de peplos, 
y todo lo que apropiado juzga, 
y sobre su carro lo carga. 

Quiere con rescate del terrible 
                  enemigo 
recuperar el cuerpo de su hijo, 
y con augustas exequias honrarlo. 

Sale en la noche silenciosa. 
                  Habla 
poco. Por único pensamiento ahora tiene
veloz, veloz que corra su carruaje. 

Tenebroso extiéndese el camino. 
                  Lúgubre 
gime el viento y se lamenta. 
Grazna a lo lejos un ominoso cuervo. 

Aquí, el aullido de un perro se escucha; 
                  allí, 
cual susurro una liebre de rápidos pies cruza. 
El rey azota, azota los caballos. 

Sombras de la llanura despiértanse 
                  siniestras, 
y se preguntan por qué con tanta prisa 
vuela el Dardánida hacia los navíos 
de argivos asesinos, y de aqueos 
                  funestos. 
Pero el rey a esas cosas no atiende; 
basta que su carro veloz, veloz corra.