LA PALLIDA MORTE
La muerte no tiene olor pero Atrapa sin embargo por la nariz Como una flor. Se interponen pabellones silenciosos, rectangulares Con largos corredores pero el olor atraviesa Insistentemente los pliegues de sábanas blancas o moradas Cortinados a lo largo de toda la habitación A veces una súbita reverberación Después otra vez sólo el rodar de los carritos Y la vieja litografía con la imagen De la Anunciación vista a través del espejo Cuando, con la mano extendida Aquélla Que así como anuncia calla, como reparte toma Pálida y con aire culpable (como si no quisiera pero debe) Empieza a apagar uno por uno los glóbulos Rojos dentro de mí. Igual que el sacristán las velas Cuando al terminar las plegarias Por el buen tiempo y la paz del mundo o Ante todo, por lo que cada uno tiene en mente La feligresía se dispersa ¡Oh si yo tuviera algo en mente! Pero cómo De qué manera se puede revelar lo "inefable" Pues mientras los mayos conversan dulcemente con los lirios y las anémonas y descienden por la hierba sesgada hasta el mar En el momento en que éste se confiesa susurrando sin cesar algo De sus antiguos secretos, el hombre permanece callado Alma solamente. Que Avizora como la madre de los polluelos el peligro Y recoge pacientemente de las tormentas Algunas migajas de tranquilidad; para que mañana o pasado Aquello que tienes en mente se abra en el éter Con nuevo y brillante plumaje aunque se abran y cierren injustamente las puertas De las moradas celestiales El Ángel sabe, y tímidamente retira el dedo Que convierte nuevamente en azul lo dorado y un aroma De mirra quemada asciende hasta la cúpula rosada De pronto se encienden las velas en los candelabros Después todos avanzan. Pasos sobre las hojas húmedas Pues los hombres aman también las tumbas y respetuosamente amontonan bellas flores allí Pero ninguno de ellos sabe decir nada acerca de la muerte Excepto el poeta. El Jesús del Sol. El que después de cada sábado resucita Él. El que Es, el que Fue, el que Vendrá.