El señor Santiago

      Por todos los caminos -te han dicho- se llega a Santiago. Pero las brujas siempre llegan antes, montadas en antiguas escobas de toxo y cubiertas con el sombrero redondo de las campesinas. El Apóstol las espera encaramado en el Pórtico de la Gloria y en la Quintana Dos Mortos, y sentado en el altar mayor y acostado en la urna de su sepultura, y ofrecido como una estatuita de piedra molida en las mesas de recuerdos turísticos, y pintado en las marquesinas de los restaurantes.

      El señor Santiago admira a las brujas que vuelan a voluntad, y cuando bajan en la Rúa do Franco se quitan el sombrero y cuelgan la escoba en el Museo de San Domingos de Bonaval.

      El señor Santiago lleva muchos años de muerto trabajando en tareas comunitarias. Y aunque es un santo y desayuna a la derecha de Jesucristo, y tiene su nicho en el Paraíso, que es un lugar seguro, pequeño y bello, suspira apoyado en su báculo mirando los tacones lejanos de las brujas que toman luz de luna, y el refulgir de rojas cabelleras.